
Desde que cené con él a solas, sin Michelle ni otros intrusos de por medio, ni siquiera guardaespaldas ni periodistas, ya no le llamo Obama, le he perdido un poco de respeto institucional.
Yo llevaba un vestido rojo de lo más fashion model. Me había quedado más chupada que la Schiffer y lucía unos tacones a su altura. Barack me llevó a un indio casual y bohemio, a la media luz y sin ponernos pesados con la seguridad. Íbamos solos y nos pedimos una mesa discreta. Al dirigirnos hacia ella me crucé con una amiga que hace años que no veo, pero no me pude parar a saludarla. Demasiadas explicaciones que dar en ese momento tan sui generis.
Barack no parecía darse cuenta de las miradas ajenas ni de los cuchicheos. En cuanto a mí, estaba más feliz que unas castañuelas.
Por fin nos sentamos y me entró un pánico escénico del tipo 'y ahora de qué hablamos?'. Como si no supiera nada de su vida y fuera un completo desconocido, le pregunté en un inglés impecable: Y dime, dónde creciste, Barack? Barack puso cara de entrañable conversación y me contestó mirándome a los ojos y sin darse ningún tipo de importancia que había crecido en Chicago.
De no ser por el despertador, hubiera averiguado qué demonios hacía yo con un vestido rojo cenando de casual con Barack en un indio de NY. Todavía no logro averiguarlo, y contradiciendo a Jordi Soler, que afirmaba ayer en El País Cataluña que no hay nada más anticlimático que contar un sueño, yo aquí voy y lo cuento, para ver si alguien puede ayudarme. No sé si estoy muy enferma o tengo delirios de grandeza. Eso sí, desperté con una gran sonrisa dibujada en mi boca y me vine a trabajar de un humor excelente después de haber pasado una velada tan enigmática. O el comienzo de lo que pudo ser esa velada.
Llevo dos noches más apretando los ojos al dormirme y viendo si reanudo, pero no vuelve. Será que los sueños sólo se viven una vez.