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viernes, 17 de julio de 2009

Despedidas

Me paso el día llorando. Pero no es que esté triste, no, es que tengo un trancazo SIN gripe A que es la bomba. Así que me ha sido fácil sensibilizarme externamente con un número considerable de muertes estas últimas dos semanas. Pasando por alto las más desgraciadas y más televisadas, la de Ryan por una decisión fatal de enfermería y la de un crío que su mamá se dejó olvidado en el coche, hay otras que me han dejado particularmente noqueada por un rato. Son noticias, duran un rato en la cabeza y luego uno vuelve a sus asuntos. Cuestiones de la supervivencia.

Una chica arrollada en Zambia por un elefante. La primera y última vez que entré en contacto con los elefantes fue en Tailandia, y dejé felizmente que uno de esos magníficos -y atontados por sus criadores me parece a mí- ejemplares me subiera todo lo larga que soy con su su trompa por los aires. Tengo fotos que dan fé de ello, y de mi felicidad inconsciente también. De la muerte de Laura Peláez sólo se sabe que es la víctima de una estampida de elefantes en un parque nacional, por ahora.

Sir Edward Downes y Lady Downes han decidido suicidarse en Suiza con la asistencia de Dignitas, una asociación que favorece el suicidio asistido, que no la eutanasia activa que también está prohibida en ese país. Downes estaba considerado "uno de los mejores directores de orquesta británicos de la posguerra", cita El País de ayer, y su mujer era bailarina, productora y coreógrafa. Llevaban juntos 54 años y los dos se hallaban gravemente enfermos. No importa de qué. Cito de nuevo al escritor André Gorz y su magnífico libro dedicado a D, su mujer, con la que se suicidó hace algún tiempo (ver mi post de diciembre 08):

"Recién acabas de cumplir 82 años. Y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacia tu cuerpo apretado contra el mío. Por la noche veo la silueta de un hombre que, en una carretera vacía y en un paisaje desierto, camina detrás de un coche fúnebre. Es a ti a quien lleva esa carroza. No quiero asistir a tu incineración; no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Oigo la voz de Kathleen Ferrier que canta Die Welt ist leer, Ich will nicht leben mehr (El mundo está vacío, no quiero vivir más) y me despierto. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos".

Cuando termino de leer este párrafo siempre me quedo sin habla y lagrimeando, con o sin catarro de por medio.

Y por último, vayamos a la ficción. La última película estrenada en España del director japonés Yohiro Takita, Despedidas, cuenta la vida de un músico reconvertido a enterrador, y cómo el arte a veces está en las manos de uno e inunda todo lo que toca, incluso a los muertos. He acudido a varios entierros en España, algunos de cuerpo presente y otros no, y nunca jamás veré un espectáculo tan conmovedor como el arte de preparar a un muerto para la última despedida de sus familiares como los que emprende con sus manos el artista Kobayashi.

Así que, si un día decides morirte, primero te pillas un vuelo a Suiza, donde lo puedes planear con cierta antelación y tolerancia. Y después encárgate de que tu cuerpo sólo sea manipulado por enterradores profesionales como Kobayashi. Tu familia creerá que te has muerto de alegría.