Lo que hacemos, a lo que consagramos buena parte de nuestro día de dieciséis horas -se supone que ocho dormimos-, lo que nos da de comer y nos deja dormir o nos quita el sueño, es sólo trabajo o es otra cosa? Es un modus vivendi, una fuerte e imprescindible rutina, una fuente de estrés y mala leche, una excusa para salir de casa, una obsesión, una adicción, una maldición, una rutina malsana, una fuente de contactos?
Y más aún, creemos en nuestro trabajo? Creemos en lo que hacemos, en lo que peleamos, en lo que arriesgamos? Y sabemos por qué lo hacemos? Dinero, placer, necesidad, virtud, riesgo? Porque no sabría hacer otra cosa y conseguir dinero con ella?
Las actividades que realizamos día a día en esos trabajos, son gratificantes, frustrantes, las odias? Jodes a alguien desde tu puesto y te parece que haces justicia, o haces injusticia pero no te queda más remedio? Denunciarías a tus jefes si pensaras que estáis -todos- haciendo con tu trabajo algo ilegal, o simplemente estafando a alguien? Y si supieras que estás defendiendo algo a base de trampas? Lo denunciarías aún a riesgo de quedarte en la puta calle? O pensarías antes en tus niños y tu hipoteca y guardarías silencio?
Te parece que te educaste para este tipo de trabajo, o más bien que te estás desaprovechando?
Si alguna de las preguntas te parece relevante, seguro que te gusta Tierra Prometida, lo último en la cartelera con Matt Damon y dirección de Gus Van Sant. Interesante reflexión, y me gusta la evolución del personaje de Damon. Los luchadores que creen en lo que hacen y se entusiasman defendiéndolo, aún cuando a veces sea indefendible, siempre me han dejado boquiabierta porque nunca tuve esa virtud. Quizá es que nací ya demasiado cínica y descreída. O el mundo me hizo así, como a Jeanette.
