Rubén es un chico en apariencia normal. Pero por dentro sus ovarios le delatan. Y más ahora, que está embarazado de nueve o diez semanas. Su mujer, Esperanza, le lleva unos dieciocho años, tiene las trompas ligadas, está de baja por depresión y en unos meses será la madre de un bebé que ella no parirá. Será Rubén quien dé a luz, después de haber interrumpido su hormonación masculina para dar paso a una fertilización in vitro y fusionar su propio óvulo con esperma de donante anónimo, como marca la ley. Su embarazo es de alto riesgo, en parte porque Rubén es epiléptico.
Una vez haya sido madre, digo padre, seguirá con el tratamiento hormonal que deberá culminar en un cambio de sexo integral, es decir, le extirparán los ovarios. Y antes de eso, ya se habrá inscrito en el Registro Civil su cambio de nombre, porque hasta ahora mismo aún figura como Estefanía. Pero para cuando nazca el bebé, él espera que el cambio esté hecho, de modo que él figure como padre y Esperanza como madre. Sólo que Espe no será la madre biológica, así que no sé cómo cuernos se come eso.
Rubén lo ve claro. "Estoy en mi derecho de tener hijos. Vamos a ser un padre, una madre y dos hijos -es que vienen gemelos-. No veo el problema". Si Ferrín Calamita, nuestro querido juez católico, pudiera pillar este caso. Qué pena que siga inhabilitado.
Y no. No es el próximo guión de Almodóvar. Es la vida misma, por Juan Diego Quesada, en El País.
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viernes, 3 de abril de 2009
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