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viernes, 5 de febrero de 2010

Breaking the rules

He tenido el placer de cenar dos veces en el Bulli. Y todavía mejor: en ambas ocasiones no supe cuánto costó la cuenta. La primera vez pedí unos platos raros y exquisitos, deconstruidos y espumosos. El primero tenía que ver con los guisantes y el segundo con los calamares, pero sólo por aproximación idiomática. Eran pura fantasía.

La segunda invitación provenía de una empresa indirectamente, así que fue a lo grande, con champagne y trece platillos que fueron desfilando por delante de mis ojos antes de ser devorados. Para el quinto platillo, yo ya estaba con el estómago medio revuelto y las burbujas del cava catalán agujereándome el estómago. Nunca he sido de mucha mezcla alimenticia, a qué engañarme. Y sin embargo, también resultó una velada excepcional.


Sólo hace unos meses que empecé a comprender mi buena estrella con el restaurante de Ferrán Adriá. He sabido de un amigo mio que trata de cenar con su mujer en el Bulli desde hace tres o cuatro años, con resultado negativo hasta el momento. Y ahora, a juzgar por las últimas noticias, aún se le pone más cruda su cena romántica. El número uno en chefs del mundo ha decidido tomarse un año sabático entre 2012 y 2013.

Sabático entre comillas. Porque yo cuando me imagino un sabático me veo a myself en la playa, bajo un cocotero, sin médicos ni obligaciones de guarderías, durmiendo a pierna suelta con mi chorbo al lado, sin un reloj a diez mil leguas de distancia, y con el ruído de mar de fondo. Y nada más. En cambio, a Adriá me lo imagino en su año igual de frenético pero sin ganar dinero de sus labores culinarias. De cursillos, experimentos, entrevistas, charlas y cenas de diseño, y de tanto en tanto en su estudio de mezclas debatiendo con sus asistentes, colaboradores y asesores cómo reinventarse a sí mismo. Me estreso sólo de pensarlo.

Y es que nunca he sido tan profesional. Yo si me cogiera un sabático por gusto sería para cambiar de tercio y viajar, y pensar, y dedicarme a actividades no lucrativas. Pero claro, nunca he tenido un par para atreverme a eso. El dinero me atrapó joven. No mucho dinero, pero más del que dan las aventuras. Eso sí, dedicar un año sin cobrar a perfeccionar mis aptitudes profesionales, me parece hasta de mal gusto.

Otra cosa que nunca entiendo. Por qué la gente cuando cambia de trabajo tiene esa prisa horrorosa por fundirse desde ya en el nuevo puesto y no se deja, ni aunque sea, un mes libre entre una cosa y otra? Tan imposible nos viene estar un mes sin cobrar? Es más, si yo fuera la presidenta de una multinacional, cosa más que inverosímil, exigiría a mis nuevos empleados un time out antes de su incorporación a mi plantilla, a ser posible en plena naturaleza y sin obligaciones laborales de ningún tipo. Para que me llegaran frescos como langostas.

Pero no. El mundo no es como a mí me gustaría, así que las empresas te miran raro cuando dices que quieres unas semanitas libres entre trabajo y trabajo. Te etiquetan de friki si pides una excedencia para reflexionar o para descansar. Como si fueras un perro verde y, peor, empiezan a desconfiar de ti; eres alguien que piensa por sí mismo, que no quiere que le esclavicen y que tiene claro que su tiempo es suyo. Mal asunto.

Es como discutirle al jefe sus ideas. Hay que estar muy loco o tener mucha suerte para que te salga bien. Pero y si nunca te atreves a decir lo que piensas o a vivir como quisieras, qué te queda de dignidad contigo mismo? Cómo te sigues mirando a la cara? Y por qué tenemos tanto miedo a perder todo aquello que nos esclaviza?

Si un día las respuestas vienen a mí, vendré yo rauda y veloz a descubriros la flor de mi secreto. Mientrastanto, buen fin de semana.