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miércoles, 24 de abril de 2013

Caza al hombre


Un hombre trabaja en un colegio parvulario. Dinamarca. Bosques inmensos y ciervos. El hombre es guapo. Más que eso. Una niña no encuentra a sus papás para volver a casa, y su profesor la acompaña caminando. Casualmente, esa niña rubia de seis años es la hija del mejor amigo de ese hombre. Cuando la deja en casa, su padre le invita a pasar y toman café. Un día y otro día. La vida en el campo, te dices, qué sencilla parece desde la mirada del urbanita estresado. 

Y otro día cualquiera, esa niña ve cómo sus hermanos hablan de vergas y de cine porno. Y ese  mismo día, su profesor le rechaza un regalo de un corazón que ella ha confeccionado para él, no se sabe porqué. Y ella decide inventarse una historia de vergas y corazones rotos. Y ese profesor, ese hombre mejor amigo del padre de la niña rubia, deja de ser mejor amigo para convertirse en presunto abusador de menores. Sin el presunto delante. 

Como en las guerras, hay historias que no tienen final. Y Thomas Vinterberg ha construido una muy bella en La Caza.


lunes, 20 de septiembre de 2010

esos locos bajitos



Nueve de la mañana. Miles de mamás, papás, abuelos, canguros y demás peña se dirigen a los centros escolares con sus hijos de la mano o embutidos en un carrito de cuatro ruedas. Algunos vienen en bicicleta con casco también. Llego, aparco, y mi hijo de inmediato me pide que le dé la manita para entrar en el centro lúdico al que le llevo, llamado guardería. De guardar, se entiende.

Le doy la manita en su quinto día consecutivo de acudida al centro llamado guardería. Llamamos al timbre y la puerta se acciona automáticamente. Detrás hay otra puerta cerrada con pestillo a una altura superior a la altura de cualquier niño cliente del centro, que abro con mi  mano y vuelvo a cerrar nada más pasar la puerta con él. Seguimos de la manita.

Atravesamos varias aulas hasta que llegamos a la suya, llamada la de los Pulpos en castellano. Vuelvo a accionar un pestillo situado en la parte superior de la puerta y entro con él de la mano. Cierro el  pestillo  una vez dentro y le pongo en contacto directo con el resto de niños de su edad que están en el  aula. Uno llora. Otro mira al infinito. Una niña mira perdida desde un sofá y otra cuarta se  aferra con convicción a las faldas de su madre. Varios juegan a trenes y dinosaurios, pero ninguno juega con los otros, sino con los juguetes. La profesora mira atareada a un lado y a otro y coge en sus brazos por turnos al que se halle más desesperado en su frustración. Sea ésta cual sea.

Mi hijo me mira y ve cómo le suelto la manita. Como voy a la zona de cabinas para depositar sus cosas: su chupete, su babero, su muda de ropa, sus toallitas húmedas. Le echo un vistazo de reojo y le descubro mirando a su alrededor y tratando de encontrarse alguna ocupación, mientras va pensando en el cuento que le conté sobre un niño que odiaba el colegio hasta que entro en uno y quedó fascinado por todo lo que contenía. Si mi madre dice que éste es un buen sitio,  que es un sitio lindo, será que es así. No voy a empeñarme yo en lo contrario, se dice.

Me acerco a él después de haber guardado sus cosas y una sonrisa forzada le dice que me estoy pirando sin remedio. Le planto un beso efusivo a la vez que distraido, como si no  fuera importante, como si no fuéramos a separarnos por varias horas. Él me mira y no dice nada. Me ve salir por la puerta y no me quita ojo.  Abro el pestillo para salir. Lo cierro una vez estoy fuera. Creo que mi hijo se está aguantando las lágrimas para parecerme un hombre, a pesar de no creerse  ninguna de mis patrañas acerca de sus ocupaciones y las mías en cuartos separados.

Pero lo cierto es que yo necesito ganar dinero y espacios. Y él necesita un entorno en el que no esté bajo mis faldas y se tenga que valer por sí mismo.

Al igual que no me creo la democracia de Sarkozy y sus socios de la Unión Europea, que por un lado tildan el racismo de delito y por otro no le tosen a Sarko cuando deporta masivamente gitanos a su casa con 300 euros en la boca, tampoco mi hijo se ha tragado el cuento de que la guardería sea un sitio fascinante al que sólo va porque es muy divertido. El sabe que le guardo allí porque necesito trabajar, y no sólo por dinero.  Al igual que yo sé que Sarko es un racista pero es 'nuestro' racista.