Soy una histérica en cuanto a bichos se refiere. No puedo ver un insecto en mi casa, ni en mi habitación de un hotel cualquiera -que por ese día es mía-, ni estar sentada en un espacio en donde me quepa la más mínima sospecha de que merodean bichos de varias patas que se arrastren por el suelo.
Cuando he viajado por el mundo, pongamos por lugarles tropicales o de vegetación abundante, he acudido enpastillada, rociada de aromas antibichos, y pertrechada de pantalones largos, calcetines cubriendo los bajos del pantalón, y manga larga aunque estuvieran cayendo rayos solares de punta -disfrazada de Coronel Tapioca-.
Afortunadamente, acepto bien las pastillas antimalaria, así que antes de viajar a cualquier lugar en que la OMS lo recomiende, o siquiera lo sugiera, yo ya estoy con la dosis necesaria varias semanas antes. Nada de viajes relámpago en fechas imprevistas. Soy lo que se dice una aventurera. Por no hablar de las vacunas, las acepto todas sin rechistar.
Y ahí no queda la cosa. Una vez llego a destino, obligo a mis acompañantes a dormir con el aire acondicionado a tope en la habitación, haga frío o calor, porque me han dicho que los mosquitos llevan fatal esos vientos artificiales. Lo pueden atestiguar mi marido y cualquiera de mis amigas de soltería.
Si hablamos de arácnidos, mi peor pesadilla ocurrió en Costa Rica, en donde un millón de animales sin domesticar se paseaban por la jungla que era nuestra habitación sin respetar ningún tipo de protección de tela metálica -agujereadas todas, por otra parte-. Al protestar en recepción porque tenía una araña de tamaño antinatural en mi baño, la única respuesta fue que era yo, y no la araña, quien estaba invadiendo su espacio natural.
En estas ridículas condiciones, me congratulo de no haber estado en la charla que Bill Gates protagonizó la semana pasada en California. Cuando un montón de gurús de la informática, que habrían pagado una pasta por escuchar al genio, se vieron en el apretón de permanecer con el culo prieto en la silla mientras el Sr. Gates, en vez de hablarles de ordenadores, liberaba unos cuantos y encantadores mosquitos transmisores de malaria por la sala. Mientras les decía textualmente: "La malaria se contagia a través de los mosquitos. Traje algunos, los dejaré volar por aquí porque no se justifica que se infecte sólo la gente pobre". A continuación abrió el tarro y liberó de verdad a los mosquitos.
En ese minuto que pasó hasta que alertó a la audiencia de que los mosquitos eran inofensivos y no transmitían ningún tipo de enfermedad contagiosa, parece que los asistentes aguantaron como jabatos y no movieron ni un músculo. Si acaso, se apretaron la chaqueta al cuerpo y la corbata a la garganta. Si yo llego a estar en esa sala, no puedo prever cuál hubiera sido mi reacción, pero me temo que no hubiera estado a la altura y hubiera hecho un papelón.
¿Qué piensas en ese mal rato desde que se abre el tarro, salen volando los desagradables bichos, y hasta que Gates anuncia que son inofensivos? Un minuto, que es lo que tardó en tranquilizarles, puede ser muy largo en esas circunstancias. Aún así, creo que no es tiempo suficiente para pensar con lucidez en cosas tipo "está bien, si me contagio de malaria por este asunto la indemnización que voy a pedir a Microsoft es de tal calibre que compensará todos mis males". Yo creo que me hubiera quedado en blanco, sin más. Paralizada. Y ni me habría dado tiempo a pensar que ni Gates puede hacer algo así.
Por otra parte, solamente a él se le ocurre una idea tan extravagante como inteligente. Ahora bien, hay que ser Bill para que te dejen entrar en una sala de California con un tarro lleno de bichos sin preguntarte dónde vas con eso. Y más aún para que nadie te denuncie a la salida.
Lo que no es una broma es que la malaria mata a un millón de personas al año. Y no hay terrorismo en el mundo que iguale esa cifra.