
Pongo la tele por la noche. Al mismo tiempo que me siento y me vuelvo a levantar. Vaya, olvidé traer el agua y las servilletas. Comenzamos a cenar. Somos de esas familias que cenan viendo el telediario y lo que se tercie. Nos ponemos en encefalograma plano una vez el niño se ha dormido e ingerimos alimentos mientras las imágenes nos perforan. Haití y el cólera. Cientos o miles de muertos, ya no me acuerdo por cuántos se cuentan. El Aaiun y la cobardía diplomática. Imágenes raras como González Pons que encabeza la misma manifestación que la familia Bardem. El mundo se ha vuelto loco.
Y sin embargo, por muy dura que sea la realidad en la pantalla, donde los muertos, la violencia y la violación se cuentan como sacos de garbanzos llenos, yo sigo deglutiendo alimentos, sigo bebiendo agua y, si acaso, el hambre cede en algún momento paralizada por la imágen. Dura un segundo. Luego sigo alimentándome y me muero de sueño frente al televisor, pensando en qué tal noche me dará mi hijo y cómo de cansada -o descansada- amaneceré mañana.
Solamente dos veces puedo recordar haberme puesto a llorar frente al televisor sin poder parar de hacerlo, interrumpiendo cualquier actividad y cualquier pensamiento. La primera fue hace unos diez años. Vivía en otra casa en la que igualmente estaba viendo la tele desde mi sofá, era creo un viernes noche y no tenía planes. Topé con un programa sobre Sierra Leona en el que una niña de doce años relató cómo su captor le había preguntado qué brazo prefería que le cortaran; ella le dijo que el izquierdo, porque quería ser escritora. Y entonces le cortaron el derecho. No pude parar de llorar en toda la noche. Y es que, yo también quería ser escritora.
Otra vez me pasó eso este último sábado por la mañana. Mi hijo y yo estábamos desayunando viendo dibujitos, pero yo cambié un rato para ver noticias. Y entonces salió una cría, de doce años también, hundida en un fango después de un terremoto y con agua hasta el cuello. No era una imágen actual sino de 1985, poco importa eso, y ella le hablaba a su madre y le decía que si la estaba escuchando que por favor pidiera ayuda para ella, que alguien la sacara de allí. La niña me miraba a los ojos y podía haber sido mi hijo, al que tenía en brazos. Y estallé de nuevo. No podía parar de llorar y mi propio niño me miraba alucinado y sin entender nada, pero a los niños les caracteriza la empatía así que me abrazó y me dijo me quería. Y claro, aún lloré más. Le dije que era por la niña de la tele. Y él me volvió a abrazar. A continuación, me pidió más dibujitos y unas galletas. Y la vida tuvo que continuar.