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miércoles, 19 de marzo de 2014

MELILLA


Disculpe el señor
Disculpe el señor
si le interrumpo, pero en el recibidor
hay un par de pobres que
preguntan insistentemente por usted.

No piden limosnas, no...
Ni venden alfombras de lana,
tampoco elefantes de ébano.
Son pobres que no tienen nada de nada.

No entendí muy bien
sin nada que vender o nada que perder,
pero por lo que parece
tiene usted alguna cosa que les pertenece.

¿Quiere que les diga que el señor salió...?
¿Que vuelvan mañana, en horas de visita...?
¿O mejor les digo como el señor dice:
"Santa Rita, Rita, Rita,
lo que se da, no se quita...?"

Disculpe el señor,
se nos llenó de pobres el recibidor
y no paran de llegar,
desde la retaguardia, por tierra y por mar.

Y como el señor dice que salió
y tratándose de una urgencia,
me han pedido que les indique yo
por dónde se va a la despensa,

y que Dios, se lo pagará.
¿Me da las llaves o los echo? Usted verá
que mientras estamos hablando
llegan más y más pobres y siguen llegando.

¿Quiere usted que llame a un guardia y que revise
si tienen en regla sus papeles de pobre...?
¿O mejor les digo como el señor dice:
"Bien me quieres, bien te quiero,
no me toques el dinero...?"

Disculpe el señor
pero este asunto va de mal en peor.
Vienen a millones y
curiosamente, vienen todos hacia aquí.

Traté de contenerles pero ya ve,
han dado con su paradero.
Estos son los pobres de los que le hablé...
Le dejo con los caballeros

y entiéndase usted...
Si no manda otra cosa, me retiraré.
Si me necesita, llame...
Que Dios le inspire o que Dios le ampare,
que esos no se han enterado
que Carlos Marx está muerto y enterrado.
Fuente: Quedeletras

Joan Manuel Serrat el magnífico

miércoles, 10 de julio de 2013

Este Papa sí


No soy ni mucho ni poco de católica. Lo justo.  Pero sí creo -o quiero creer- que el paso por esta vida tiene una continuación después. Me reconforta pensar que, en algún remoto lugar o dimensión, están las partículas de los seres que he querido y que siempre querré. Me he hecho a la idea de que mi madre nos acuna desde su 'estrella', a donde la depositó mi hijo de dos años cuando ella falleció. Y más aún, Jesús ha sido mi compañero de fatigas desde que tengo uso de razón. Y nunca le he sustituido. 

Así las cosas, y aunque en mis colegios primero y segundo insistieran en que la Iglesia somos todos, durante muchos, muchísimos años, casi todos, me he sentido lejana y más lejana de la curia, de las instituciones eclesiásticas de máximo rango, de los prelados más adornados de sotanas de colores, y alguna que otra vez he encontrado refugio en monjas y curas de andar por casa, de a pie, pero porque actuaban como si  fueran psiquiatras o asistentes sociales y no trataban de convencerme de nada, y menos aún de prohibirme cualquier cosa. 

Y tengo que decir que éste es el primer Papa por el que siento complicidad. El papa Francisco tiene esa impronta que yo siempre pensé que mi amigo Jesús había tenido que dejar por algún lado entre sus sucesores. Y hasta ahora no lo había encontrado en ninguno anterior. 

Francisco se ha plantado en Lampedusa y nos ha hecho responsables a todos por nuestra indiferencia, empezando por él mismo y acabando por mí. Que cada día leo noticias y veo imágenes que deberían espeluznarme y cortarme el apetito, pero el show debe continuar y yo paso de página o cambio de canal mientras comento cómo me ha ido en la  oficina o le chillo a mi hijo -perdón- para que se  termine la cena de una vez. Y, como dice Francisco, me aparto de  la  acera para no pisar a un mendigo y me cierro los pestillos de mi coche para que no me atraquen los limpiadores de parabrisas. Al igual que la Merkel y su colega Rajoy cierran las compuertas  para  que no entre agua sucia en nuestra isla de bienestar. Si acaso, la abren por dentro, por si salen unos cuantos. Que trabajo hay cada vez menos. Y si alguno se cae por el camino, que sea de vuelta a su casa. 

Termino con unas frases del magnífico artículo de Pablo Ordaz, en boca del Papa: 

“¿Quién de nosotros ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas, de todos aquellos que viajaban sobre las barcas, por las jóvenes madres que llevaban a sus hijos, por estos hombres que buscaban cualquier cosa para mantener a sus familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llanto... La ilusión por lo insignificante, por lo provisional, nos lleva hacia la indiferencia hacia los otros, nos lleva a la globalización de la indiferencia... 

¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos? Ninguno. Todos respondemos: yo no he sido, yo no tengo nada que ver, serán otros, pero yo no. Hoy nadie se siente responsable, hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna, hemos caído en el comportamiento hipócrita [..]. Miramos al hermano medio muerto al borde de la acera y tal vez pensamos: pobrecito, y continuamos nuestro camino, no es asunto nuestro, y así nos sentimos tranquilos. La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar solo en nosotros mismos, nos convierte en insensibles al grito de los demás, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bonitas, pero son inútiles, no son nada...

Te pedimos ayuda para llorar por nuestra indiferencia, por la crueldad que hay en el mundo, en nosotros y en todos aquellos que desde el anonimato toman decisiones socioeconómicas que abren la vía a dramas como estos. Te pedimos perdón por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a estos dramas”.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

un día de Manuela


A las siete y veinte abro el ojo. Se ha hecho tarde, los niños no han molestado esta noche para nada, me he dormido. Despacio me meto en la ducha y voy rápida por si se despiertan. Estoy sola con ellos esta mañana. Al salir la pequeñita se escucha hablando por el interfono. El mayor se va a hacer pipí mientras yo me visto. Le saco la ropa al salón y le pongo el desayuno en un taper. Hoy desayunas en el cole, cariño, no tengo tiempo. Por qué, mami. Porque tengo un juicio y no puedo llegar tarde. Qué es un juicio. Un juez haciéndote preguntas incómodas y que tiene la sartén por el mango. La qué. La... bueno, que decide sobre la vida de la gente en función de sus preguntas y tus respuestas. Ah, entiendo, mami, que dice siempre  que no entiende nada. Llega la canguro, que es de la familia a estas alturas. Buenos días, señora. Nos vamos pitando. Le dejo en el cole llorando porque es muy temprano y su profe no ha llegado todavía. Seguro que con el disgusto que tiene no se comerá el desayuno, pero no puedo hacer nada. Pienso en el Juez y le digo adiós mientras se abraza a mí y me pregunta cuándo vuelvo a buscarle. Le he dejado en la cárcel o en un colegio? Me repito a mí misma que es obligatorio escolarizarlos. Que en otro caso a la cárcel iríamos su padre y yo. Arranco el coche y salgo volando.

Llego temprano al Juzgado. Está lleno de personas que no saben dónde van ni qué tienen que hacer. Pregunto por la agente judicial y me pide que espere fuera hasta que la llamen del Juzgado de Huelva que nos ha citado para declarar por videoconferencia. Las nuevas tecnologías también llegan, lentas, a los Juzgados españoles. Mientras espero con la prensa de hoy, y deseando que todo se retrase para que me dé tiempo a terminarla sin sentimiento de culpa, dos parejas se sientan a mi lado. Sale una procuradora que les dice que es su procuradora y que es su enlace con el Juzgado, la persona que presentará todos los documentos por  ellos ante el Juez y mantendrá la correspondencia con su abogado. Le dicen que sí pero creen que les habla en japonés. Al rato sale una oficial del Juzgado a preguntarles  si tienen los documentos. El hombre le dice que antes 'una chica' les dijo algo sobre documentos y se metió para dentro. Vale, que pasen, el convenio de divorcio está listo para firmar. Yo me pregunto si serán el marido y la mujer o su nueva novia, porque se llevan tan bien que me da pena que se vayan a separar.

Termino la prensa de hoy y arranco con los diarios atrasados que me traje en previsión de retrasos. Me llama la agente judicial, que están por llegar a un acuerdo en Huelva así que esperamos, quizá no hay juicio y me ahorro la declaración. Que no, que sí que declaramos, nos bajamos a la sala de video. Me pone la cámara enfrente y un micrófono y esperamos a que nos llamen. Me siento super importante, una sala cerrada para nosotras dos mientras afuera espera un montón de gente apelotonada. Lo nuestro es un penal, una quiebra.

La agente judicial me cuenta que está por bajarle la regla, que le duelen las piernas. Los de Huelva siguen sin llamar. Yo le cuento que finalmente me cambiaron la cita para las vacunas de la niña a  ayer,  para que pudiera venir al juicio. Menos mal, me dice, porque al Juez no le importaban las vacunas, según nos dijo por escrito. Os hubieran multado de no venir. Ya, le  digo, pero si no me llegan a cambiar las vacunas anda que iba a estar yo aquí. Te entiendo, me dice. Finalmente les llama ella de  nuevo. Han suspendido el juicio.

Ven, me dice, te hago un escrito conforme has venido y has estado esperando hora y media. Okey, le digo. Me siento como  cuando iba al cole con la nota de mi mamá excusando el retraso.

De ahí me voy al Juzgado de Paz del pueblo de al lado, a recoger  otra  citación  para otro juicio en Gerona, o Girona. Parlo en catalá con la secretaria judicial. Es la única tía que ha conseguido mi inmersión linguística. No le hablo de mi cabreo con el sector político catalán ni de la sentencia del TSJC sobre el castellano como lengua vehicular en los colegios. No quiero tenerla con ella. Una vez me dijo que en Barcelona se sentía rara porque  había  tanto inmigrante que ya no reconocía la ciudad. Mi marido y mis hijos también son inmigrantes, y de ésos que, según Felip Puig, tienen tendencia a robar en las autopistas.

Me  vuelvo a la oficina. Llamo a la canguro para saber cómo le fue a mi chiquitina en la guardería. Lloró todo el rato, señora, me dice. Y cuelgo el teléfono, y me pongo a trabajar.