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miércoles, 21 de septiembre de 2011

un día de Manuela


A las siete y veinte abro el ojo. Se ha hecho tarde, los niños no han molestado esta noche para nada, me he dormido. Despacio me meto en la ducha y voy rápida por si se despiertan. Estoy sola con ellos esta mañana. Al salir la pequeñita se escucha hablando por el interfono. El mayor se va a hacer pipí mientras yo me visto. Le saco la ropa al salón y le pongo el desayuno en un taper. Hoy desayunas en el cole, cariño, no tengo tiempo. Por qué, mami. Porque tengo un juicio y no puedo llegar tarde. Qué es un juicio. Un juez haciéndote preguntas incómodas y que tiene la sartén por el mango. La qué. La... bueno, que decide sobre la vida de la gente en función de sus preguntas y tus respuestas. Ah, entiendo, mami, que dice siempre  que no entiende nada. Llega la canguro, que es de la familia a estas alturas. Buenos días, señora. Nos vamos pitando. Le dejo en el cole llorando porque es muy temprano y su profe no ha llegado todavía. Seguro que con el disgusto que tiene no se comerá el desayuno, pero no puedo hacer nada. Pienso en el Juez y le digo adiós mientras se abraza a mí y me pregunta cuándo vuelvo a buscarle. Le he dejado en la cárcel o en un colegio? Me repito a mí misma que es obligatorio escolarizarlos. Que en otro caso a la cárcel iríamos su padre y yo. Arranco el coche y salgo volando.

Llego temprano al Juzgado. Está lleno de personas que no saben dónde van ni qué tienen que hacer. Pregunto por la agente judicial y me pide que espere fuera hasta que la llamen del Juzgado de Huelva que nos ha citado para declarar por videoconferencia. Las nuevas tecnologías también llegan, lentas, a los Juzgados españoles. Mientras espero con la prensa de hoy, y deseando que todo se retrase para que me dé tiempo a terminarla sin sentimiento de culpa, dos parejas se sientan a mi lado. Sale una procuradora que les dice que es su procuradora y que es su enlace con el Juzgado, la persona que presentará todos los documentos por  ellos ante el Juez y mantendrá la correspondencia con su abogado. Le dicen que sí pero creen que les habla en japonés. Al rato sale una oficial del Juzgado a preguntarles  si tienen los documentos. El hombre le dice que antes 'una chica' les dijo algo sobre documentos y se metió para dentro. Vale, que pasen, el convenio de divorcio está listo para firmar. Yo me pregunto si serán el marido y la mujer o su nueva novia, porque se llevan tan bien que me da pena que se vayan a separar.

Termino la prensa de hoy y arranco con los diarios atrasados que me traje en previsión de retrasos. Me llama la agente judicial, que están por llegar a un acuerdo en Huelva así que esperamos, quizá no hay juicio y me ahorro la declaración. Que no, que sí que declaramos, nos bajamos a la sala de video. Me pone la cámara enfrente y un micrófono y esperamos a que nos llamen. Me siento super importante, una sala cerrada para nosotras dos mientras afuera espera un montón de gente apelotonada. Lo nuestro es un penal, una quiebra.

La agente judicial me cuenta que está por bajarle la regla, que le duelen las piernas. Los de Huelva siguen sin llamar. Yo le cuento que finalmente me cambiaron la cita para las vacunas de la niña a  ayer,  para que pudiera venir al juicio. Menos mal, me dice, porque al Juez no le importaban las vacunas, según nos dijo por escrito. Os hubieran multado de no venir. Ya, le  digo, pero si no me llegan a cambiar las vacunas anda que iba a estar yo aquí. Te entiendo, me dice. Finalmente les llama ella de  nuevo. Han suspendido el juicio.

Ven, me dice, te hago un escrito conforme has venido y has estado esperando hora y media. Okey, le digo. Me siento como  cuando iba al cole con la nota de mi mamá excusando el retraso.

De ahí me voy al Juzgado de Paz del pueblo de al lado, a recoger  otra  citación  para otro juicio en Gerona, o Girona. Parlo en catalá con la secretaria judicial. Es la única tía que ha conseguido mi inmersión linguística. No le hablo de mi cabreo con el sector político catalán ni de la sentencia del TSJC sobre el castellano como lengua vehicular en los colegios. No quiero tenerla con ella. Una vez me dijo que en Barcelona se sentía rara porque  había  tanto inmigrante que ya no reconocía la ciudad. Mi marido y mis hijos también son inmigrantes, y de ésos que, según Felip Puig, tienen tendencia a robar en las autopistas.

Me  vuelvo a la oficina. Llamo a la canguro para saber cómo le fue a mi chiquitina en la guardería. Lloró todo el rato, señora, me dice. Y cuelgo el teléfono, y me pongo a trabajar.