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jueves, 13 de septiembre de 2012

hasta que el cuerpo aguante


Mi hija se desveló esta noche sobre las cuatro y no paró de chillar hasta las cuatro y cuarto. Para entonces ya  me había  desvelado yo también. Mi hijo sobre las seis lloraba porque no quería que su puerta del cuarto estuviera cerrada, así que se la abrí y y me volví a la cama rogándole en voz baja que no sollozara, que mami no había pegado ojo todavía... Y sobre las seis y media de nuevo mi hija decidió que ya no quería seguir en la cuna, sino que quería que fuéramos las dos al salón, y allí nos instalamos antes de que despertara de nuevo al mayor y hasta que se hizo de día. Y sabes qué? A pesar de todo eso, estoy de un humor excelente, aunque con las pestañas corridas hacia abajo y las ojeras mal disimuladas por el último sol del verano. 

Todo gracias a Uma Thurman y su Una mamá en apuros, que estuve viendo anoche en Divinity hasta las tantas. Empezó como tantas otras pelis dirigidas al sector femenino entre los treinta y los cuarenta de la cadena en cuestión. Chica guapa detrás de unas gafas de pasta y unas chanclas dentro de una bici que arrastra a sus hijos por toda la ciudad y no tiene tiempo ni de respirar, y que no trabaja fuera de casa, por lo que el trabajo de dentro de casa le cae todo a ella. Pendiente de las bolsitas de  regalo para el cumple de su hija, de inflar los globos y de encargar la mejor tarta de la ciudad, y luego de subir las bolsas cuatro pisos a pie mientras en la calle un policía le multa por aparcar en zona de rodaje de películas. Marido extravagante por el lado intelectual y ella, que todo se lo calza al hombro, hecha un lío porque no sabe si ha desperdiciado su juventud pariendo y criando o si aún le queda un resquicio de locura para bailar y un gramo de profundidad para escribir. La vida de una mamá, le increpa a su marido, está llena de hechos concretos desde que se levanta hasta que se acuesta: hacer los bocadillos, poner agua en las mochilas, vigilar que haya una muda de ropa en ellas, comprar sus bolis y la leche, llamar a la pediatra para que les pongan una  vacuna, preguntar a la profe qué tal estuvo su hijo, bañarlos, hacerles la cena... así hasta que no te queda espacio para el pensamiento abstracto. Uff, ahí me estremecí, cuántas veces he pensado que me estaba atrofiando. Hasta que llega un mensajero indio de ojos verdes que estudia literatura por las noches y le pregunta por lo que ella escribía cuando estaba en la universidad, por sus proyectos de facultad y por su música favorita. Y se ponen a bailar como si nadie les estuviera viendo, yo siempre digo que la música te vuelve a tu yo más íntimo o más  visceral. La mamá en apuros decide que nadie la comprende y huye con un coche destartalado y pringoso de mermelada y chocolate hacia Jersey. Pero a mitad camino, sucede algo que le recuerda lo que de verdad es esencial. 

Parece una tontería, no? Pues cualquier  mamá se puede sentir reflejada, y no sólo eso, sino que al convertirte en Uma Thurman, porque todas llevamos dentro a esa loca chiflada que bailaba por las noches y fumaba hasta apestarle el aliento mientras oteaba el panorama, sonríes y te das cuenta, como dice ella, de la suerte que tienes. Porque para vivir la vida a tope y disfrutar con pasión de los instantes, sólo hay que mirar a tus hijos y hacer como hacen ellos, sin que exista el mañana.