my time is now (Nike)

PASA PASA ESTÁS EN TU CASA

COMO EN TU CASA



Mostrando entradas con la etiqueta madres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta madres. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de noviembre de 2014

volver a nacer


Mis hijos duermen poco, o será que a mí siempre me parece demasiado temprano cuando abren el ojo. Y sin embargo, a veces te sorprenden haraganeando bajo las sábanas. Nunca en domingo, claro está. 

Mientras mi pequeña estaba sumida en un sueño profundo un martes, y la hora de ir al cole se acercaba peligrosamente, decidí despertarla -cosa que odio hacer- subiendo la persiana y con varios besos de amor de madre. Mi hija se desperezó lentamente y lo único que dijo fue: te puedes ir mamá? 

Yo me sentí ofendida ante tanto desprecio, me levanté y me fui, claro, pero luego le hice ver que los gestos de cariño no se responden con semejante falta de tacto. Ella tiene tres años, no entendió mucho pero dijo que ok. 

Al día siguiente ídem de ídem, subo la persiana e igualmente me acerco a ella -eso sí, menos efusiva en mis roces- para impulsarla hacia arriba. Y entonces abre los ojos, me mira, se lo piensa, y me suelta: quiero estar sola, mami. 

Es como pensar que has vuelto a nacer. 

martes, 22 de julio de 2014

Marsella


Lo mejor de tener dos madres es que si te falta una siempre puedes recurrir a la otra. Y lo peor es que se peleen entre ellas y acabes teniendo que elegir tú con quién quieres vivir, dormir, comer e ir de vacaciones. Supongo que eso también pasa con los padres divorciados, que cuando creces acabas teniendo que ser tú el que dice con quién quiere estar más y con quién menos. Y eso es un asco, porque los niños no tenemos porqué cargar con esa responsabilidad tan pesada. Si nosotros lo que queremos es  que estén juntos y basta. Eso es más o menos lo que le pasa a Claire, la hija de María León y de Goya Toledo en Marsella, estrenada en cines el pasado viernes. 

Claire, a fin de cuentas, quiere lo mismo, que sus mamás estén juntas. La biológica y la de acogida, por qué no pueden ir las dos con ella a Marsella a conocer a su papá biológico? Qué hay de malo  en que le acompañen la mamá que la  parió y casi la mata después y la  mamá que la ha criado desde los 4 años hasta los 10 que tiene ahora? 

Las mamás y papás de acogida saben que están guardando a esos niños para cuando sus papás biológicos  se recuperen devolvérselos, como el que guarda el dinero en el banco y luego se lo reembolsan con intereses. Porque Claire vuelve mejorada: bien alimentada, con educación bilingüe, finas maneras y ropa de marca. Y mucho amor en la mochila por lo que se ve.

Y qué hubiera pasado si María León la hubiera criado entre botellas de alcohol y paquetes de cocaína? Quizá con mucho amor pero poca dedicación. 

Y me puse a pensar en mí, sin poder evitarlo. Y si mi madre biológica era una María León -sin esos ojazos claro-? Dónde habrían quedado mis estudios en  París y Bruselas, mis vacaciones tranquilas en la playa y mi colegio de las Esclavas para niñas bien? Habría podido siquiera  estudiar? Hasta cuándo? Me habrían puesto a trabajar para traer dinero a casa? Hubiera tenido un padre ausente o presente? Hubiera tenido una madre dedicada a mí o a vivir su vida? 

No lo sé, quizá no hay respuestas para todo eso y las respuestas están en el viento que sopla, en la veleta que mueve María León y con la que apunta a su hija para explicarle que allí donde se meza el viento, allí la encontrará. Y me puse a pensar que yo no tengo una veleta para encontrarla, y que mi verdadera mamá ya se fue, y que de tantas que tenía me quedé sin ninguna. Afortunadamente, no es  el caso de Claire ni lo fue el mio a su edad. 

Bravo por María León, no sabía que era una actriz como la copa de un pino. 

lunes, 10 de marzo de 2014

Philomena


Philomena es esa mamá que todas y todos hubiéramos querido tener, caso de no conocerla claro. O no? El fantasma de cualquier adoptado, o uno de ellos, es no saber si tu mamá bio se acuerda de ti el día de tu cumpleaños, si le cruje el corazón un ratito ese día, si recuerda su parto o ha preferido olvidarlo -el momento del parto en Philomena es especialmente doloroso-, si alguna vez ha reunido o reunirá el coraje suficiente como para buscarte, como para enfrentarse a sus posibles otros hijos, posible pareja, y contarles la verdad de lo que le sucedió con catorce, quince o diecisiete años. Que  posiblemente metió dentro de un cajón mental que cerró con cuatro llaves. Tampoco ahora es muy diferente. Hablando con una asistente social de un hospital ampurdanés, me decía que la mayoría de chicas que dejan a sus bebés en la clínica hoy en día -y por tanto renuncian a ellos- no quieren llevarse el papel en donde se reconoce su renuncia y los datos del bebé, que lo rompen antes de salir por la puerta porque lo más seguro es que vayan a intentar olvidar esa dolorosísima historia por la que acaban de pasar -a saber porqué-. 

El caso es que Philomena no ha olvidado nada y tú quisieras que tu mamá tampoco. Y ese momento en que a Philomena la separan de su niño, en que ves entrar a unos papás con abrigo de pieles y cochazo que se llevan en su auto a ese pequeño de año y medio, ese momento para un adoptado es desgarrador. Por muy superado, psicoanalizado y dialogado que lo tengas allá afuera, allá adentro es como si levantaras una costra que al despegarse duele muy abajo. Hacía tiempo que no sentía ese desgarro tan hondo, que viene del estómago del alma. 

Y luego esas monjas de pastas y café con leche, qué de verdad suenan. Yo me colé en el convento donde vine al mundo para hacer de voluntaria, sin explicarles quién era ni de dónde salía, y me pareció que todo olía a nuevo y a limpio, que ahí no se cometían tropelías, ni probablemente se habían cometido nunca. Hasta que dije quién era y todo cambió. Misteriosamente, nunca volvieron a llamarme para hacer de voluntaria. Quizá tenían miedo de que  sus archivos me quedaran demasiado cerca. 

Y esa simplicidad y dulzura con la que te dicen 'hijita, no busques más, esas chicas nunca vienen a buscaros. Tienes una familia maravillosa, da gracias a Dios por ello y sigue adelante, y sé feliz'. Y te lo crees, te crees que eres una desgraciadita niña abandonada a la que nunca vinieron a buscar ni por la que nunca vinieron a preguntar. Y no saben ellas  lo que duele eso, que nadie nunca haya venido a preguntar. Y entonces les dices que bueno, que vale, pero que si acaso alguna vez viniera tu mamá bio, que  por favor le den tus datos para que se crucen con los suyos, que si la voluntad es de ambas partes, qué de malo hay en ello? Y desgraciadita tú, piensas que esas maravillosas monjitas harán todo lo posible por juntaros. Pero, más allá en la vida, descubres que esas Philomenas existen, que van a preguntar tanto como vas tú, y que hasta puede que un día se cruzaran contigo en el patio del convento. Y entonces  las llamas brujas, putas y desgraciadas a las dulces monjitas (y que  me perdonen las putas). Por qué no permitir que una madre se encuentre con su hija? En nombre de qué Dios? 

Philomena es eso, la realidad. Y Judi Dench es, simplemente, la mamá biológica que queríamos tener. 

jueves, 13 de septiembre de 2012

hasta que el cuerpo aguante


Mi hija se desveló esta noche sobre las cuatro y no paró de chillar hasta las cuatro y cuarto. Para entonces ya  me había  desvelado yo también. Mi hijo sobre las seis lloraba porque no quería que su puerta del cuarto estuviera cerrada, así que se la abrí y y me volví a la cama rogándole en voz baja que no sollozara, que mami no había pegado ojo todavía... Y sobre las seis y media de nuevo mi hija decidió que ya no quería seguir en la cuna, sino que quería que fuéramos las dos al salón, y allí nos instalamos antes de que despertara de nuevo al mayor y hasta que se hizo de día. Y sabes qué? A pesar de todo eso, estoy de un humor excelente, aunque con las pestañas corridas hacia abajo y las ojeras mal disimuladas por el último sol del verano. 

Todo gracias a Uma Thurman y su Una mamá en apuros, que estuve viendo anoche en Divinity hasta las tantas. Empezó como tantas otras pelis dirigidas al sector femenino entre los treinta y los cuarenta de la cadena en cuestión. Chica guapa detrás de unas gafas de pasta y unas chanclas dentro de una bici que arrastra a sus hijos por toda la ciudad y no tiene tiempo ni de respirar, y que no trabaja fuera de casa, por lo que el trabajo de dentro de casa le cae todo a ella. Pendiente de las bolsitas de  regalo para el cumple de su hija, de inflar los globos y de encargar la mejor tarta de la ciudad, y luego de subir las bolsas cuatro pisos a pie mientras en la calle un policía le multa por aparcar en zona de rodaje de películas. Marido extravagante por el lado intelectual y ella, que todo se lo calza al hombro, hecha un lío porque no sabe si ha desperdiciado su juventud pariendo y criando o si aún le queda un resquicio de locura para bailar y un gramo de profundidad para escribir. La vida de una mamá, le increpa a su marido, está llena de hechos concretos desde que se levanta hasta que se acuesta: hacer los bocadillos, poner agua en las mochilas, vigilar que haya una muda de ropa en ellas, comprar sus bolis y la leche, llamar a la pediatra para que les pongan una  vacuna, preguntar a la profe qué tal estuvo su hijo, bañarlos, hacerles la cena... así hasta que no te queda espacio para el pensamiento abstracto. Uff, ahí me estremecí, cuántas veces he pensado que me estaba atrofiando. Hasta que llega un mensajero indio de ojos verdes que estudia literatura por las noches y le pregunta por lo que ella escribía cuando estaba en la universidad, por sus proyectos de facultad y por su música favorita. Y se ponen a bailar como si nadie les estuviera viendo, yo siempre digo que la música te vuelve a tu yo más íntimo o más  visceral. La mamá en apuros decide que nadie la comprende y huye con un coche destartalado y pringoso de mermelada y chocolate hacia Jersey. Pero a mitad camino, sucede algo que le recuerda lo que de verdad es esencial. 

Parece una tontería, no? Pues cualquier  mamá se puede sentir reflejada, y no sólo eso, sino que al convertirte en Uma Thurman, porque todas llevamos dentro a esa loca chiflada que bailaba por las noches y fumaba hasta apestarle el aliento mientras oteaba el panorama, sonríes y te das cuenta, como dice ella, de la suerte que tienes. Porque para vivir la vida a tope y disfrutar con pasión de los instantes, sólo hay que mirar a tus hijos y hacer como hacen ellos, sin que exista el mañana. 

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Madre a la fuga


Sabéis de alguna madre que se haya dado a la fuga en mitad de la carrera? quiero decir, no que haya abandonado a sus hijos al nacer, no, que de ésas conozco unas cuantas y sus razones tendrán, pero una que haya comenzado a ejercer su cargo y no haya podido evitar salir corriendo en un momento dado?

Porque ser Soraya Sáenz de Santamaría o Carme Chacón es otra cosa, en mi modesta y criticable opinión. Juegan en otra división. Mira que es  mala suerte ser madre al mismo tiempo que eres 'ministrable'. Mas que mala suerte es una putada. Toda una vida preparándote para el cargo de ministra, y te llega el momentazo con un bebé en los brazos. Y tú, con las hormonas como camiones y los pezones rellenos de leche, hala a decidir entre una cosa y la otra. Porque no nos engañemos, que ser ministra no es compatible con ser madre en primera línea de un bebé. Si tienes una salus permanente y un marido dispuesto a arrebatarte el puesto, vale hay posibilidades de que el bebé ni siquiera te eche de menos. Pero y tú a él? Y las horas que no le vas a disfrutar? Y la de noches sin dormir -tocándole la frente para ver si la fiebre arrecia- que te vas a perder?

Y no nos engañemos. Por mucho corazón y mucho latido y mucho pálpito, la criatura se pegará a ti en la medida en que tú te hayas pegado a ella. Que los niños son muy puñeteros. No puedes estar de tacón alto y rimel en el ojo y ordenador en mano desde el primer día posparto, y luego pretender que se acurruque en tu regazo como si fueras una madraza. Que esto hay que ganárselo día a día y noche a noche.

Vale. Hablo desde la envidia. Yo nunca fui para ministra y por eso nada interrumpió mi lactancia de cuatro meses con baja laboral. Es más, hasta la pude ampliar para ambas criaturas y engancharla con las vacaciones de verano y las horas acumuladas por lactancia futura. Un pastón traducido en tiempo disponible. Y sí, abría el ordenador y daba algunas opiniones jurídicas por escrito a mis colegas. Pero más por no volverme loca de tanto pañal que porque alguien me obligara.

Y ahora la prensa dice que Soraya no sólo es mamá y le da el pecho a la criatura cada 3 o 4 horas, sino  que además tiene tiempo de estar en las reuniones de los ministrables a todas horas y de no brincar en la ventana de Génova. Pero qué  tomadura de pelo es ésa? Las que hemos dado pecho a nuestros infantes sabemos bien que, al menos por un mes, te pasas todo el día con la teta al aire, te untas de cremas para que no te duela y aúllas de dolor cada tres horas como mucho. No duermes y sólo dormitas, y en ningún caso te pones maquillaje porque no te da tiempo  a levantarte del sofá. Cuando termina un pecho comienza el siguiente, y cuando parece que todo acabó, pasaron las cuatro horas y vuelta a comenzar. Y eso en el caso  de que no des  'a demanda' que es lo que todos los pediatras te piden a diestro y siniestro, que significa sine die sine ore sine interrupzione.

Así que sí, por mi boca hablan la envidia, la incredulidad y el asombro de que todavía queden mujeres once como ella, que puede atender a su hijo con una teta, teclear el ordenador con la otra mano y no sufrir la hormonación con lágrimas de dolor y sueño reflejadas en los ojos cansados de la madre primeriza.

En cuanto a mí, estoy a punto de darme a la fuga. Que nadie me busque muy lejos, me basta con una habitación en el hotel que hay frente a mi casa. Lo  tengo estudiado: entro, pido una habitación, acepto el precio sin  rechistar, pongo el cartel de no molestar, apago el móvil y no vuelvo a salir del catre hasta dentro de más o menos dieciocho años. Cuando Soraya ya no sea ministra ni la crisis una realidad.

jueves, 30 de junio de 2011

Los jeans de solteras


Metes barriga, coges aire y entras en la empresa. Vuelves a escuchar que te llaman Manuela, por tu nombre. Ya no eres la 'mamá de X' durante las veinticuatro horas del día. Eres una persona por ti misma. Tienes una reunión de trabajo donde nadie habla de cacas ni pedos ni cremas para las irritaciones del culito. Les miras raro. Menos mal que una llamada al móvil te interrumpe la concentración. Es la mamá de X? Soy la pediatra de X, me has llamado. Un momento, dices, porque los pediatras son la especie humana más difícil de hallar al teléfono para ti. Sí, doctora, te he llamado porque me dice mi marido que el niño tiene una infección en los genitales, pero claro le ha llevado al colegio y ahora la profe del niño me dice que no puede estar allí con infección. Así es, mamá, pensé que ya no le tenías en el cole porque estaba de vacaciones y no le dije nada a tu marido. Tienes que tenerle en casa hasta que se cure. Y cuándo es eso, doctora? Pues si para el lunes próximo tienes suerte... Vuelves a la reunión, pero aún pensando en la crema para los genitales de tu hijo X. Sales de allí y te pides un café de la máquina. Entras en tu despacho y el silencio te parece un lujo asiático. Hay papeles, pero no hay babas. Los papeles son más fáciles de gestionar y crean menos estrés emocional. Tus tetas ya no chorrean porque ya pararon de dar leche, aunque los sujetadores tienen que seguir siendo los mismos hasta que vuelvas a tu talla de antes, si vuelves. Entretanto, has querido ponerte a régimen. Antes de que pueda notársete,  has visto a tu marido notablemente contento de tu puesta a dieta. Entonces entra una pedorra en tu oficina y te recuerda, tocándote la barriga, que tienes que recuperar la figura. Le dices que acabas de volver y que se relaje. Hija de puta, nadie sabe el estrés que esa frase puede provocar en una mujer que trata de ser madre, trabajadora y de conservar no sólo la pareja sino el atractivo femenino que un día intuyó poseer.

Es mentira que las madres seamos mujeres. Somos robots que tratamos de coordinar y ejecutar a la perfección labores para las que no sabíamos que podíamos servir unos años atrás, y sin perder ni un ápice de nuestro buen humor ni ganar un gramo para que nos quepan los jeans de solteras. Robots.