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viernes, 5 de marzo de 2010

Una educación



El pasado martes vi mi vida pasar por la pantalla. No suele ocurrir frecuentemente. Uno va al cine para conocer historias de otros, recuerdos de otros, mentiras de terceros, y el martes yo me encontré con que me habían plagiado mis veintiún años en un guión que llegará a los Oscar. Me sentí de lo más orgullosa.


Yo tenía 21, y Jenny, o Carey Mulligan, tenía 16. A ella le sucedió en los sesenta y a mí en los noventa. Y su plaza era Londres y la mía el Mediterráneo. Qué importan los detalles, si a las dos nos rompieron el corazón? La gran diferencia es que el mio se rompió de veras, y el suyo se recuperó tras finalizar el rodaje.


An education es una pequeña joya del cine que espero que nadie deje en la lista de espera de cosas por hacer. Especialmente si ese alguien es una mujer que soñó en la adolescencia con ser adulta, y ahora que es adulta le gustaría volver a ser adolescente -a veces-.


Si te cruzaste con algún David entre tus primeros amores, amores incautos, no creas que fuiste la única. Si no te atreviste a vivir una aventura fuera de lo común, entonces quizá necesites vivirla ahora.


El caso es que la vida de Jenny es un absoluto y total aburrimiento. Se levanta todos los días a la misma hora, ve la cara gris de su padre en el desayuno y la de su madre que sueña con lo que pudo ser y ya nunca será. Y en eso está Jenny cuando la vida le pone una diversión por delante sin reparar en gastos: un hombre guapo, elegante, embaucador y de turbios negocios, la seduce en la misma puerta de su colegio.


Primero la lleva a conciertos. Después la lleva a fiestas. Y ya en París la mete en su cama. Por favor, quién podría negarse?


En un ambiente como el de Jenny, en donde las profesoras del colegio parecen brujas apagadas y dolientes, en donde saltarse las reglas supone la inmediata expulsión del centro docente, y en donde ya ninguna de esas mujeres que dirigen su vida escolar sabe explicarle el porqué de la importancia de Una educación, Jenny no comprende para qué seguir aburriéndose en las aulas cuando la vida está con Peter Sarsgaard en la calle.


Si la señorita Mulligan no le quita el oscar a Meryl Streep, será porque le falten años, que no agallas.

lunes, 15 de febrero de 2010

unas gafas para soñar


Qué más necesitas que lleve un hombre aparte de sus gafas y su reloj? Pues eso, nada. Y sin embargo, Tom Ford se empeña en pintarlos pulcros impecables y puliditos, como dicen los catalanes, hasta el extremo de perderte en los detalles y saltarte lo esencial. Metáfora de su primera película como director y como coguionista y coproductor, Un hombre soltero.

Yo la hubiera titulado Un hombre solo, porque eso es lo que me parece Colin Firth desde la primera escena hasta la última. Solo en su duelo, solo en su casa y solo en su visión de la vida. Terrible no poder asistir al funeral de quien ha sido tu pareja durante los últimos quince años. Y más terrible aún, no poder contarlo más que a una amiga decadente y borracha, tu vecina y amante de la adolescencia. Pero estamos en los años sesenta y ni siquiera en USA los gays tenían un nombre tan sofisticado todavía. Eran puros maricones y un insulto para la familia de cada uno.

La peli está basada en la novela de Isherwood, del cual nada más he leído la genial Adios a Berlín, que luego daría pie al guión de Cabaret. No se puede pedir más como autor, creo yo.

Isherwood se colocó como profesor de literatura en USA, así que hay bastantes posibilidades de que el arte imite a la vida real, también en este caso. Por lo demás, qué guión no está inspirado en hechos reales que a uno le han contado o ha vivido, por mucho que los maquille?

Lo que pasa es que Tom Ford es diseñador hasta la médula, y esteta por defecto, así que ha cogido una novela que desconozco y la ha convertido en un lujo de fotografía y diseño. Cada imagen es tan cuidadosa consigo misma que es irrepetible. Y el profesor de literatura se convierte en un modelo a lo Ford que no descuida ni la ropa o los gemelos que quiere que le pongan el día de su funeral.



Sus gafas de pasta son sesenteras, pero creo que volveremos a verlas por la calle, y sino al tiempo. Claro que Tom Ford luce otras muchísimo más adecuadas a los tiempos que corren en sus imágenes de pasarela. Miren miren.

Y como la cabra tira al monte, yo no sé cómo sería Isherwood físicamente, ni cómo concibió a su profesor de universidad homosexual. Lo que sí sé es cómo lo diseñó Tom Ford, y fue a su medida y corte de traje. Sólo hay que compararlo con el original. Aquí podemos ver al director a la izquierda, a la guapísima Julianne Moore en el centro y al actor que encarna los sueños cinematográficos de Ford en el papel de Colin Firth, o George Falconner en escena, un profesor cuya forma de suicidarse es más importante que el suicidio en sí.


Después de una sesión de Goya como la de anoche, en donde, como siempre, abundan los modelos de las actrices féminas, sus espaldas al aire -sugerente y sensual Natalia Verbeke-, sus culos modelados y perfectos a los cuarenta -esperanza o espejismo- y sus maquillajes sin una sombra de caos, es una gozada sumergirte en el paraíso gay de Tom Ford. Hombres guapos, cuerpos de tamaño natural de todas las edades y esculpidos como si fueran pequeños diosecillos tentadores y promiscuos. Eso sí, después de que Colin Firth desperdicie una noche de sexo y borrachera con Julianne Moore, no sé qué nos queda a las demás. Y yo no me conformo con Buenafuente, por muy gracioso que se ponga.