
El pasado martes vi mi vida pasar por la pantalla. No suele ocurrir frecuentemente. Uno va al cine para conocer historias de otros, recuerdos de otros, mentiras de terceros, y el martes yo me encontré con que me habían plagiado mis veintiún años en un guión que llegará a los Oscar. Me sentí de lo más orgullosa.
Yo tenía 21, y Jenny, o Carey Mulligan, tenía 16. A ella le sucedió en los sesenta y a mí en los noventa. Y su plaza era Londres y la mía el Mediterráneo. Qué importan los detalles, si a las dos nos rompieron el corazón? La gran diferencia es que el mio se rompió de veras, y el suyo se recuperó tras finalizar el rodaje.
An education es una pequeña joya del cine que espero que nadie deje en la lista de espera de cosas por hacer. Especialmente si ese alguien es una mujer que soñó en la adolescencia con ser adulta, y ahora que es adulta le gustaría volver a ser adolescente -a veces-.
Si te cruzaste con algún David entre tus primeros amores, amores incautos, no creas que fuiste la única. Si no te atreviste a vivir una aventura fuera de lo común, entonces quizá necesites vivirla ahora.
El caso es que la vida de Jenny es un absoluto y total aburrimiento. Se levanta todos los días a la misma hora, ve la cara gris de su padre en el desayuno y la de su madre que sueña con lo que pudo ser y ya nunca será. Y en eso está Jenny cuando la vida le pone una diversión por delante sin reparar en gastos: un hombre guapo, elegante, embaucador y de turbios negocios, la seduce en la misma puerta de su colegio.

Primero la lleva a conciertos. Después la lleva a fiestas. Y ya en París la mete en su cama. Por favor, quién podría negarse?
En un ambiente como el de Jenny, en donde las profesoras del colegio parecen brujas apagadas y dolientes, en donde saltarse las reglas supone la inmediata expulsión del centro docente, y en donde ya ninguna de esas mujeres que dirigen su vida escolar sabe explicarle el porqué de la importancia de Una educación, Jenny no comprende para qué seguir aburriéndose en las aulas cuando la vida está con Peter Sarsgaard en la calle.
Si la señorita Mulligan no le quita el oscar a Meryl Streep, será porque le falten años, que no agallas.



