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martes, 22 de julio de 2014

Marsella


Lo mejor de tener dos madres es que si te falta una siempre puedes recurrir a la otra. Y lo peor es que se peleen entre ellas y acabes teniendo que elegir tú con quién quieres vivir, dormir, comer e ir de vacaciones. Supongo que eso también pasa con los padres divorciados, que cuando creces acabas teniendo que ser tú el que dice con quién quiere estar más y con quién menos. Y eso es un asco, porque los niños no tenemos porqué cargar con esa responsabilidad tan pesada. Si nosotros lo que queremos es  que estén juntos y basta. Eso es más o menos lo que le pasa a Claire, la hija de María León y de Goya Toledo en Marsella, estrenada en cines el pasado viernes. 

Claire, a fin de cuentas, quiere lo mismo, que sus mamás estén juntas. La biológica y la de acogida, por qué no pueden ir las dos con ella a Marsella a conocer a su papá biológico? Qué hay de malo  en que le acompañen la mamá que la  parió y casi la mata después y la  mamá que la ha criado desde los 4 años hasta los 10 que tiene ahora? 

Las mamás y papás de acogida saben que están guardando a esos niños para cuando sus papás biológicos  se recuperen devolvérselos, como el que guarda el dinero en el banco y luego se lo reembolsan con intereses. Porque Claire vuelve mejorada: bien alimentada, con educación bilingüe, finas maneras y ropa de marca. Y mucho amor en la mochila por lo que se ve.

Y qué hubiera pasado si María León la hubiera criado entre botellas de alcohol y paquetes de cocaína? Quizá con mucho amor pero poca dedicación. 

Y me puse a pensar en mí, sin poder evitarlo. Y si mi madre biológica era una María León -sin esos ojazos claro-? Dónde habrían quedado mis estudios en  París y Bruselas, mis vacaciones tranquilas en la playa y mi colegio de las Esclavas para niñas bien? Habría podido siquiera  estudiar? Hasta cuándo? Me habrían puesto a trabajar para traer dinero a casa? Hubiera tenido un padre ausente o presente? Hubiera tenido una madre dedicada a mí o a vivir su vida? 

No lo sé, quizá no hay respuestas para todo eso y las respuestas están en el viento que sopla, en la veleta que mueve María León y con la que apunta a su hija para explicarle que allí donde se meza el viento, allí la encontrará. Y me puse a pensar que yo no tengo una veleta para encontrarla, y que mi verdadera mamá ya se fue, y que de tantas que tenía me quedé sin ninguna. Afortunadamente, no es  el caso de Claire ni lo fue el mio a su edad. 

Bravo por María León, no sabía que era una actriz como la copa de un pino. 

lunes, 10 de marzo de 2014

Philomena


Philomena es esa mamá que todas y todos hubiéramos querido tener, caso de no conocerla claro. O no? El fantasma de cualquier adoptado, o uno de ellos, es no saber si tu mamá bio se acuerda de ti el día de tu cumpleaños, si le cruje el corazón un ratito ese día, si recuerda su parto o ha preferido olvidarlo -el momento del parto en Philomena es especialmente doloroso-, si alguna vez ha reunido o reunirá el coraje suficiente como para buscarte, como para enfrentarse a sus posibles otros hijos, posible pareja, y contarles la verdad de lo que le sucedió con catorce, quince o diecisiete años. Que  posiblemente metió dentro de un cajón mental que cerró con cuatro llaves. Tampoco ahora es muy diferente. Hablando con una asistente social de un hospital ampurdanés, me decía que la mayoría de chicas que dejan a sus bebés en la clínica hoy en día -y por tanto renuncian a ellos- no quieren llevarse el papel en donde se reconoce su renuncia y los datos del bebé, que lo rompen antes de salir por la puerta porque lo más seguro es que vayan a intentar olvidar esa dolorosísima historia por la que acaban de pasar -a saber porqué-. 

El caso es que Philomena no ha olvidado nada y tú quisieras que tu mamá tampoco. Y ese momento en que a Philomena la separan de su niño, en que ves entrar a unos papás con abrigo de pieles y cochazo que se llevan en su auto a ese pequeño de año y medio, ese momento para un adoptado es desgarrador. Por muy superado, psicoanalizado y dialogado que lo tengas allá afuera, allá adentro es como si levantaras una costra que al despegarse duele muy abajo. Hacía tiempo que no sentía ese desgarro tan hondo, que viene del estómago del alma. 

Y luego esas monjas de pastas y café con leche, qué de verdad suenan. Yo me colé en el convento donde vine al mundo para hacer de voluntaria, sin explicarles quién era ni de dónde salía, y me pareció que todo olía a nuevo y a limpio, que ahí no se cometían tropelías, ni probablemente se habían cometido nunca. Hasta que dije quién era y todo cambió. Misteriosamente, nunca volvieron a llamarme para hacer de voluntaria. Quizá tenían miedo de que  sus archivos me quedaran demasiado cerca. 

Y esa simplicidad y dulzura con la que te dicen 'hijita, no busques más, esas chicas nunca vienen a buscaros. Tienes una familia maravillosa, da gracias a Dios por ello y sigue adelante, y sé feliz'. Y te lo crees, te crees que eres una desgraciadita niña abandonada a la que nunca vinieron a buscar ni por la que nunca vinieron a preguntar. Y no saben ellas  lo que duele eso, que nadie nunca haya venido a preguntar. Y entonces les dices que bueno, que vale, pero que si acaso alguna vez viniera tu mamá bio, que  por favor le den tus datos para que se crucen con los suyos, que si la voluntad es de ambas partes, qué de malo hay en ello? Y desgraciadita tú, piensas que esas maravillosas monjitas harán todo lo posible por juntaros. Pero, más allá en la vida, descubres que esas Philomenas existen, que van a preguntar tanto como vas tú, y que hasta puede que un día se cruzaran contigo en el patio del convento. Y entonces  las llamas brujas, putas y desgraciadas a las dulces monjitas (y que  me perdonen las putas). Por qué no permitir que una madre se encuentre con su hija? En nombre de qué Dios? 

Philomena es eso, la realidad. Y Judi Dench es, simplemente, la mamá biológica que queríamos tener.