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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Madre a la fuga


Sabéis de alguna madre que se haya dado a la fuga en mitad de la carrera? quiero decir, no que haya abandonado a sus hijos al nacer, no, que de ésas conozco unas cuantas y sus razones tendrán, pero una que haya comenzado a ejercer su cargo y no haya podido evitar salir corriendo en un momento dado?

Porque ser Soraya Sáenz de Santamaría o Carme Chacón es otra cosa, en mi modesta y criticable opinión. Juegan en otra división. Mira que es  mala suerte ser madre al mismo tiempo que eres 'ministrable'. Mas que mala suerte es una putada. Toda una vida preparándote para el cargo de ministra, y te llega el momentazo con un bebé en los brazos. Y tú, con las hormonas como camiones y los pezones rellenos de leche, hala a decidir entre una cosa y la otra. Porque no nos engañemos, que ser ministra no es compatible con ser madre en primera línea de un bebé. Si tienes una salus permanente y un marido dispuesto a arrebatarte el puesto, vale hay posibilidades de que el bebé ni siquiera te eche de menos. Pero y tú a él? Y las horas que no le vas a disfrutar? Y la de noches sin dormir -tocándole la frente para ver si la fiebre arrecia- que te vas a perder?

Y no nos engañemos. Por mucho corazón y mucho latido y mucho pálpito, la criatura se pegará a ti en la medida en que tú te hayas pegado a ella. Que los niños son muy puñeteros. No puedes estar de tacón alto y rimel en el ojo y ordenador en mano desde el primer día posparto, y luego pretender que se acurruque en tu regazo como si fueras una madraza. Que esto hay que ganárselo día a día y noche a noche.

Vale. Hablo desde la envidia. Yo nunca fui para ministra y por eso nada interrumpió mi lactancia de cuatro meses con baja laboral. Es más, hasta la pude ampliar para ambas criaturas y engancharla con las vacaciones de verano y las horas acumuladas por lactancia futura. Un pastón traducido en tiempo disponible. Y sí, abría el ordenador y daba algunas opiniones jurídicas por escrito a mis colegas. Pero más por no volverme loca de tanto pañal que porque alguien me obligara.

Y ahora la prensa dice que Soraya no sólo es mamá y le da el pecho a la criatura cada 3 o 4 horas, sino  que además tiene tiempo de estar en las reuniones de los ministrables a todas horas y de no brincar en la ventana de Génova. Pero qué  tomadura de pelo es ésa? Las que hemos dado pecho a nuestros infantes sabemos bien que, al menos por un mes, te pasas todo el día con la teta al aire, te untas de cremas para que no te duela y aúllas de dolor cada tres horas como mucho. No duermes y sólo dormitas, y en ningún caso te pones maquillaje porque no te da tiempo  a levantarte del sofá. Cuando termina un pecho comienza el siguiente, y cuando parece que todo acabó, pasaron las cuatro horas y vuelta a comenzar. Y eso en el caso  de que no des  'a demanda' que es lo que todos los pediatras te piden a diestro y siniestro, que significa sine die sine ore sine interrupzione.

Así que sí, por mi boca hablan la envidia, la incredulidad y el asombro de que todavía queden mujeres once como ella, que puede atender a su hijo con una teta, teclear el ordenador con la otra mano y no sufrir la hormonación con lágrimas de dolor y sueño reflejadas en los ojos cansados de la madre primeriza.

En cuanto a mí, estoy a punto de darme a la fuga. Que nadie me busque muy lejos, me basta con una habitación en el hotel que hay frente a mi casa. Lo  tengo estudiado: entro, pido una habitación, acepto el precio sin  rechistar, pongo el cartel de no molestar, apago el móvil y no vuelvo a salir del catre hasta dentro de más o menos dieciocho años. Cuando Soraya ya no sea ministra ni la crisis una realidad.

domingo, 6 de marzo de 2011

la liga de la leche


Hay un momento que es crucial para tu futuro inmediato cuando estás pariendo, pero no te das cuenta porque estás bajo los efectos de la anestesia, las contracciones y el chute de oxitocina. Suele suceder al mismo tiempo que un médico que acaba de terminar la carrera de medicina, o eso te parece a ti, te mete la mano dentro de la pelvis y la saca triunfal diciendo 'sí, ya está dilatada de cuatro'. Pero lo dice sin mirarte siquiera, porque en realidad habla con la comadrona y tú eres sólo la cabeza entre piernas que se queja como si fuera una coneja. Ahí por fin que alguien te habla por encima de tus piernas, y es una enfermera que llega con su bloc de notas y te pregunta respetuosamente: le darás el pecho a tu hija?  Sí, respondes entre contracción y contracción y antes de que te coloquen la anestesia epidural. Ni cuenta te has dado de que acabas de decidir tu vida para los próximos cuatro o seis meses, por lo menos.

A continuación empujas y empujas hasta que con uñas, dientes y brazos sacas a tu hija por la pelvis y te la ponen en los brazos apenas asoma el morro. Te la sujetan al pezón entre su grasa y la tuya, y contemplas extasiada entre lágrimas cómo succiona. Ahí se queda, enganchada a tu pezón izquierdo, porque el derecho está entre cables de goteros y vías en la mano para sujetarlos. Y una y otra vez succiona, para sacarte el calostro que tanto la va a alimentar mientras te estimula la subida de leche.

Los siguientes tres días serán cruciales si quieres tener leche, te dice la enfermera ya en la habitación. Cada cierto rato, póntela al pecho. Y esa frase tan inofensiva, será tu cruz y tu santo y seña. Cada vez que te quejes, que pidas desesperada que se lleven la niña a un nido para poder dormir, que aúlles de dolor por las heridas de tu pezón izquierdo, cada una de esas veces, habrá una enfermera de eso que llaman en los hospitales modernos 'nursery' que venga y con la mejor de sus sonrisas te diga 'póngala al pecho'.

No importa cuánto duela y lo poco que duermas. Póngala al pecho, repetirán como autómatas todas ellas. Dónde está la ginecóloga que defiende mis intereses y no los de la niña, preguntarás. La ginecóloga ya hizo su trabajo, señora, te dirán con desprecio. Ahora la que tiene que salir adelante es ella, y usted tiene que producir la leche que la suba de peso. Así que... póngala al pecho.

La segunda noche pido un chupete para que no me destroce las tetas. Me miran con desprecio y me niegan la mayor. La tercera noche pido a mi marido que amenace a la enfermera talibán con un cuchillo de la cena y le pida un biberón de leche artificial a las tres de la mañana. La enfermera teme por su vida y sólo por eso trae el biberón. Pero la muy cafre se lo quiere dar en jeringuilla. Claro, la niña rechaza la leche y ella opina que es que no tiene más hambre. Le pregunto alucinada porqué no se lo da con la tetina como se dan todos los biberones, y me responde que como le doy pecho a mi hija que la tetina está contraindicada para que no se malacostumbre. La volvemos a amenazar con el cuchillo de la cena y entonces ella saca la tetina y se la coloca al niño en la boca, que se traga el biberón como si fuera lo único que ha comido en su vida. Cafre de mujer.

Y aquí estoy, que si no es porque mi hija acabó en la zona de neonatos por un tema de ictericia, y me encontré con enfermeras que ya no eran talibanes sino seres humanos, hubiera mandado la lactancia materna a hacer puñetas en menos de cuarenta y ocho horas. Seguirá.