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lunes, 6 de octubre de 2014

Boyhood


La vida pasa todos los días, pero como va poco a poco no nos damos cuenta de los surcos que deja más que al mirarnos en las fotos de hace diez añitos, por ejemplo, o cuando una hija nos pide el pintalabios para su fiesta o quiere mallas negras para ir a una discoteca y te dice que 'es lo que se lleva!', y de pronto sientes que te han caído doce años encima como al que le caen doce kilos de grasa extra sin haberse comido un dulce. Ah, eso era todo? piensas... Es que pensé que había algo más... Es una de las grandes frases de Patricia Arquette, grande Patricia en Boyhood

Ethan Hawke, qué decir de él, es ese tío del que todas nos hemos enamorado alguna vez: guapo, interesante, con un coche viejo que es como su segundo yo, distraído, disperso, que no encuentra su camino en la vida y va probando esto hoy y aquello mañana, hoy cazo ballenas y mañana toco en un grupo de rock, para quien las reglas son un corsé insoportable y la rutina es eso que les pasa a los otros. Es adorable pero imposible. 

Y el crío es eso, un crío. Que pelea con su hermana como hacen los tuyos en casa, exactamente igual y por las mismas cosas, que crece y se convierte en un adolescente lleno de granos y un pelo que le tapa la mirada, que se emborracha y fuma porros, cuya novia pija le abandona por un tío que piense menos, que se plantea el porqué de la existencia y que no quiere seguir las clases sino hacer fotos y capturar así el instante... y que te recuerda todo lo que tú fuiste y ya no serás, que te vuelve a llevar por caminos que pensabas que ya no estaban en tu recuerdo y te sientas a mirarle como se sienta Patricia Arquette cuando ya ha conseguido sacarle adelante. 

Boyhood son doce años de un mismo chico, de un mismo Ethan Hawke y de una misma madre que pelea sola contra viento y marea y se enamora siempre de los más inconvenientes novios. Es una preciosidad. Y lo mejor es que podría seguir mirando sus vidas otros veinte años más sin pestañear. Gracias Linklater. 

lunes, 28 de abril de 2014

AUTOGRAPHER, MI OTRA VIDA



Por la mañana me levanto y pongo el desayuno a mis hijos. Mis hijos de carne y hueso, con sus nombres y sus apellidos de toda la vida, que lloran y tienen pataletas y no tienen botón off. Uno derrama la leche mientras el otro pega patadas a un balón y rompe el cristal de la puerta que da a la terraza. Bum. Mi marido estalla en alaridos y mi hijo se va a su cuarto hecho un mar de lágrimas. El desayuno is over. Finito, caput. Al colegio.

Cuando por fin los coches aceleran y puedo avanzar hasta la puerta de su escuela, los deposito a cada uno con su mochila, su bocadillo y su mente inmaculada delante de su profesora. Y me voy.

Mi ordenador se enciende y una mujer llamada Samanta me pregunta qué quiero para desayunar. Tostadas con mermelada y un café humeante. Mi asistente Cortana me ha seleccionado los artículos que necesito leer antes de ver a mi editor jefe y un listado de los contactos que me han enviado mensajes mientras dormía, dividido entre los que ofrecen algo y los que piden algo, y luego entre los amigos y los conocidos.

Me cuelgo mi Autographer del bolsillo antes de entrar en el despacho de mi editor y así luego podré visualizar todo lo que no haya memorizado. Hago lo mismo con las siete visitas de clientes, a los que tampoco les importa que les grabe porque ellos hacen lo mismo conmigo.

Hago un break para charlar con mi marido por facetime. Está mucho más simpático que en persona, he de admitir. O será el brillo de sus ojos que mi pantalla aumenta sin saber porqué. El caso es que me alegro de haberle visto y olvidar esa sensación agridulce de escucharle gritar a los niños eso de ¡ya está bien! Aprovechando estos buenos recuerdos, pongo la cámara a seleccionar los momentos felices del último fin de semana de paseo por Londres. Ni siquiera los he tenido que seleccionar yo, sino que Cortana para mí y Siri para él –utilizamos sistemas operativos distintos pero compatibles ya- detectan perfectamente cuándo hay buen rollito entre nosotros y cuándo es mejor eliminar y hacer un corta y pega de toda la vida.

Mi marido me engaña con su asistente operativo. Sé que le ha diseñado un cuerpo a su medida y la voz de una actriz americana, como si fuera Joaquin Phoenix para Her. ¿Pero ese sexo virtual –como lo llama Jordi Soler en su magnífico artículo La era de Funes- son o no son cuernos? ¿ Desde cuándo no puede uno imaginar que se acuesta con estrellas de cine sin hacer daño a nadie? ¿Y si lo que imagina es que se acuesta con el vecino de la puerta cuatro? ¿Es eso peor por más realizable, o mejor porque al menos le puedes partir la cara en un momento dado?

Estoy confundida, la realidad del siglo veintiuno, con sus autographer y ‘la otra realidad’ me han pillado medio desprevenida, y voy aprendiendo a trompicones lo que a mis hijos les parece coser y cantar, que diría mi abuela.


Sigo utilizando mi memoria para almacenar recuerdos, que luego se me borran y se me difuminan a su antojo. Y me empeño en ver, sin ponerme las GG (google glasses), las actuaciones del cole de mis hijos. Hasta he pensado en no grabarles el día de su cumpleaños, en una locura que me dice que lo almacene yo todo y no la autographer. Pero en casa sucede que ya todos me toman por chalada. La que quiere vivir sin red social ni memoria independiente de un ser humano. Sin GG que diseñen a mi antojo la realidad que me rodea, sin Autographer que guarde y diseccione todos los momentos de mi vida de forma autónoma y sintética. Y hasta había pensado, un un tris de rebeldía, en volver al café con leche con lactosa y cafeína y dejar en casa la pulsera que mide mis pasos, mis calorías y mal carácter y lo convierte todo en parámetros, porcentajes asépticos y módulos regulables. Como si no fuera un robot. 

martes, 13 de julio de 2010

La vida en movimiento


Cuándo sentiste por última vez el placer de una buena cena, aderezada con una conversación inteligente y en la que te mirabas a los ojos con tu interlocutor sin saber lo que vendría después del postre? O más bien planeándolo cuidadosamente?

Lo segundo es lo que hace Naomi Watts con cada uno de los hombres que conoce y en quienes deposita su enorme poder de seducción.  Melena al viento, aire de triunfadora, aspecto de muñeca de porcelana y decisión absoluta en las artes amatorias. Quién se le resiste? Porque veamos, alguna vez te has asomado al balcón de tu casa y mirando hacia tu izquierda te has encontrado con el pecho desnudo de una rubia escandalosamente provocativa? Ésa es ella, y no importa que estés casado, que seas viudo y le lleves treinta años o que tengas otro lío sentimental. Ella es Watts, y consigue lo que quiere. Lo que quiere menos una madre conocida.

Annette Bening tiene otros problemas. Una madre moribunda que no se confía con ella, y en cambio sí con su criada latina. Un drama que no sale a la luz y un montón de sentimientos guardados bajo un aspecto borde y mordedor.

Una pareja de color no consigue embarazarse biológicamente hablando. Otra chica de color se ha embarazado con demasiada facilidad y busca candidatos para la crianza. Los evalúa y casi los humilla antes de decidirse por unos padres que la satisfagan. Pero no es lo mismo estar embarazada que parir un niño, aunque una cosa venga detrás de la otra.

Y así, una tras otra, las historias de varias mujeres y hombres se van cruzando en esta película genial, emotiva y maravillosa de Rodrigo García que se llama originalmente Mother and child y que se ha traducido como Madres e hijas. Pura vida en movimiento. Nada más y nada menos. Narrada desde la perspectiva de alguien que sabe de lo que habla, a juzgar por quien la vio y os lo está contando.