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PASA PASA ESTÁS EN TU CASA

COMO EN TU CASA



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lunes, 11 de febrero de 2013

Hitch


Hitch era un tipo orondo además de un genio. Se llamaba Alfred y dirigió películas como Psicosis. Ahora le han hecho una peli a él protagonizada por Anthony Hopkins y una Helen Mirren como esposa que es absolutamente genial: su esposa Alma. 

Del largometraje Hitchcock se pueden decir muchas bondades, pero nada como ir a verla y juzgar por uno mismo. Hay veces que el buen cine es mejor no perder el tiempo en describirlo. Tan sólo me pararé en la  imagen que, a mí, como mujer y como esposa, me pareció más fascinante. 

La Mirren está celosa y enfadada por las muchas aspirantes de actriz que le hacen ojitos a su marido con tan sólo veintipico de años y mucho entusiasmo. No porque se lo quieran tirar, eso es lo de menos. Sino por cómo las mira él. Por cómo se deleita Alfred con su belleza y juventud. 

Y entonces Alma se pone el bolso al hombro y se va de tiendas. Cuántas veces no se va una de tiendas para cambiar el color del mundo que la rodea... En los grandes almacenes en que se pasea busca un bañador que remplace al suyo, que está gastado y cedido por los años que tienen ella y el bañador. Y entre todas las prendas que rebusca hay una que le atrae especialmente, por vistosa y porque es de rompe y rasga. No, se dice Alma, a mis años... de rojo furioso? con ese escote de quinceañera? Pero luego se lo piensa dos veces y arrambla con el único bañador más atrevido que ella en toda la tienda. Y cuando llega a casa se lo pone sin pensar si hace frío o calor y se lanza a hacer largos con una furia que dirías que está nadando contra Alfred o contra la propia decadencia de los años. 

Yo de mayor, quisiera ser como la Mirren. Me temo que ya voy tarde, había sólo un molde y lo rompió. 

viernes, 31 de agosto de 2012

Tú estás bien, diviértete!


No es mía la frase, claro, sino de Susie Orbach, una publicista de los antiguos noventas ya, pero que está  resultando de lo más actual. Porque si has cumplido cuarenta o los tienes que cumplir pronto, te cuento que ya no serás joven nunca más, pero podrás sentirte joven a cambio, y engrosar las listas de los "biojóvenes". Venga apúntate! 

Claves (vienen en el último Marie Claire) para ser biojoven: 

1. Aunque no seas joven, siéntete joven. Todo empieza por el estado de ánimo. 
2. Una biojoven no emula a las niñas de veinte -pa qué?- sino que se pone retos tipo Madonna, Elle Macpherson, Sharon Stone o Tina Turner. Ahí es nada. 
3. La biojoven usa cremas regeneradoras desde pasados los treinta pero no utiliza tratamientos agresivos contra su cuerpo o su piel. O sea, que nutre sus células pero no se opera para quitarse la barriga o alisarse el cuello, sino que sale a correr, libera endorfinas, come sano y hace pilates. Información, cultura y redes sociales son su otra crema hidratante.
4. Tocar y contactar con otras personas libera oxitocina y vasopresina, que son hormonas del vínculo que generan emociones. La biojoven venera los vínculos emocionales y las sensaciones que producen. Viva el sexo entonces.  
5. La biojoven se encuentra en la edad de comerse el mundo a bocados. En los cuarenta o en los cincuenta, se siente que podría dirigir un país, una multinacional o su propia casa. O todo a la vez.  
6. Cuarentañera o cincuentañera, ése es el  término preciso que la hace sonreír. 
7. La biojoven no necesita Manolos de quince mil euros, porque calza vínculos emocionales, que son  los que le permiten pisar fuerte. 

Visto así, me he venido arriba. Quién necesita minifaldas o shorts minúsculos si puede vestirse de vínculo emocional y dirigir el mundo desde su eterna juventud empática? Lo dicho, tú estás bien, diviértete. Mi lema para enfocar este nuevo año que se me viene encima... 

martes, 6 de septiembre de 2011

Te arrancaré la piel a tiras


La piel que habito no está mal. Confortable y eso. Pero se ha ensanchado tanto que no me vendría mal un cirujano Banderas que la pusiera firme, tonificada y prieta. Claro que si el precio a pagar es que me arranque primero la mía a tiras y me reconstruya retal a retal, me lo pienso. El resultado se llama Elena Anaya y está flaca como una espátula, tiene labios de terciopelo y ojos de avellana. Y una flexibilidad que ni mi hija de seis meses de tanto meterse sesiones de yoga non stop y romper vestidos de mujer.

Entre fascinante y repugnante. Por momentos me quedé pegada a la silla embobada mirando la pantalla de cine, y en otros ratos deseé huir de ahí pensando que Almodóvar se había convertido en el sádico Lars Von Trier a la española.

Mientras tanto y como  no he conseguido un cirujano a lo Antonio Banderas, ya digo, sigo revisando dietas. La Duncan o protéica parece de las más efectivas. Dicen que te machaca el hígado, pero comparado con las actrices que se quitan una costilla para adelgazar, lo del hígado no parece tan grave. Todo por la magia de lucir un culo de veinte a los cuarenta. Combinada con el yoga de Elena Anaya y un encierro en condiciones, podría dar resultados nada desdeñables. Y una pantalla en donde te veas reflejada cuatro por cuatro de forma que cualquier redondez que te aparezca te torture al cuadrado. Tu hombre, al otro lado del espejo. Sabiendo lo que comes, lo que lees, si te masturbas, si sueñas, en versión cinemascope.

Y sin embargo, el mejor adelgazante sigue sin ser la cirugía, sino un buen ligue cachas y despampanante. No lo digo yo, sino los hechos consumados. Mi estudio de mercado más  reciente me ha llevado a comprobar que mis tres amigas que han adelgazado de forma más espectacular en el último año, han dejado a sus maridos e hijos por un tórrido affaire de última hora. Lo que todavía no he descubierto es si el  affaire ha sido el huevo o la gallina, la causa o el efecto de tan estimable e inmejorable condición física -de la psíquica no estábamos hablando-. Han aparecido brillantes por fuera como un papel celofán, de finos contornos y con cintura de avispa. Las tres coinciden en culpar al deporte de su aspecto. Pero yo hice footing este verano y lo único que he conseguido es lesionarme una rodilla.

jueves, 30 de junio de 2011

Los jeans de solteras


Metes barriga, coges aire y entras en la empresa. Vuelves a escuchar que te llaman Manuela, por tu nombre. Ya no eres la 'mamá de X' durante las veinticuatro horas del día. Eres una persona por ti misma. Tienes una reunión de trabajo donde nadie habla de cacas ni pedos ni cremas para las irritaciones del culito. Les miras raro. Menos mal que una llamada al móvil te interrumpe la concentración. Es la mamá de X? Soy la pediatra de X, me has llamado. Un momento, dices, porque los pediatras son la especie humana más difícil de hallar al teléfono para ti. Sí, doctora, te he llamado porque me dice mi marido que el niño tiene una infección en los genitales, pero claro le ha llevado al colegio y ahora la profe del niño me dice que no puede estar allí con infección. Así es, mamá, pensé que ya no le tenías en el cole porque estaba de vacaciones y no le dije nada a tu marido. Tienes que tenerle en casa hasta que se cure. Y cuándo es eso, doctora? Pues si para el lunes próximo tienes suerte... Vuelves a la reunión, pero aún pensando en la crema para los genitales de tu hijo X. Sales de allí y te pides un café de la máquina. Entras en tu despacho y el silencio te parece un lujo asiático. Hay papeles, pero no hay babas. Los papeles son más fáciles de gestionar y crean menos estrés emocional. Tus tetas ya no chorrean porque ya pararon de dar leche, aunque los sujetadores tienen que seguir siendo los mismos hasta que vuelvas a tu talla de antes, si vuelves. Entretanto, has querido ponerte a régimen. Antes de que pueda notársete,  has visto a tu marido notablemente contento de tu puesta a dieta. Entonces entra una pedorra en tu oficina y te recuerda, tocándote la barriga, que tienes que recuperar la figura. Le dices que acabas de volver y que se relaje. Hija de puta, nadie sabe el estrés que esa frase puede provocar en una mujer que trata de ser madre, trabajadora y de conservar no sólo la pareja sino el atractivo femenino que un día intuyó poseer.

Es mentira que las madres seamos mujeres. Somos robots que tratamos de coordinar y ejecutar a la perfección labores para las que no sabíamos que podíamos servir unos años atrás, y sin perder ni un ápice de nuestro buen humor ni ganar un gramo para que nos quepan los jeans de solteras. Robots.

domingo, 8 de mayo de 2011

Una semana off


Y si un día te encontraras con una semana off de tu vida real? Sin hipoteca, sin niños, sin jefe, y hasta sin marido? O sin esposa! Con plazo de caducidad, no para siempre, tan sólo unos días para ser tú mismo sin ataduras ni molestias -es que las esposas serán una molestia?-. Volver a los veinte, saltar encima de la pista de baile como si no hubiera fronteras e hicieras una hora de gimnasio cada día, ligar como en las pelis y atrapar esos culitos que siempre se escapan de tu vida rutinaria de oficinista y tu culo cuadrado por la silla ergonómica?

A lo mejor ése no es tu sueño, una semana off de tu vida marital y niñeril. Pero si lo es, si es que alguna vez lo has imaginado, corre a ver Carta blanca, es tu peli de esta semana. Si no vas a obtener una Carta blanca de tu pareja y de tu vida, al menos ríete un rato viendo cómo lo lleva Owen Wilson hecho un padrazo y un marido ejemplar.

Yo sí que lo he pensado. Si mi pareja me diera una semana off, y un montoncito de billetes, me iría a un hotel de la costa, pediría una habitación con vistas al mar y me tumbaría a la bartola hasta el último día de mi plazo de asueto. Dormir en una cama grande, no escuchar lloros en mitad de la noche ni cambiar pañales a mitad de un sueño, no sobresaltarme con un grito de pesadilla ajeno, quedarme en una tumbona sin preocuparme de ponerle crema a otra piel ni de que se me ahogue un infante, libros para leer sin que te venza el cansancio y pelis sin cortes obligatorios. Si apareciera un maromo por allí, lo echaría a patadas de mi paraíso terrenal.

Y fíjate, creo que al tercer o cuarto día, ya les echaría de menos.

martes, 14 de septiembre de 2010

Mujeres que hablan


Anoche hice doble sesión de sofing o teling, o sea de estar tirada en el sofá mientras me deleitaba con series y más series sobre mujeres de diferentes edades.

Primero echaban Mujeres desesperadas, en su formato quinta reposición de lo mismo. Una vez más vi cómo Lynette Scavo pierde su pelo a causa del cáncer, su marido no quiere hacerle el amor sin la peluca puesta, Susan Meyer trata de ser amiga de unos nuevos vecinos gays y mete la pata sí o sí, Gabrielle Solis se lía con su exmarido y éste le contagia ladillas que, a su vez, ella contagia al alcalde de Fairview, y Bree Van de Kamp se pone una barriga postiza para disimular el embarazo de su hija adolescente mientras a ella la manda a un convento en pleno siglo veintiuno.

Nunca me aburro de verlas. Me relajan, qué le voy a hacer. Y luego me divierto imaginando cuál de esos caracteres podría encajar en mi personalidad, o por lo menos cuál se me acerca más. Y mejor aún, quién de ellas podría ser cada una de mis amigas. No creáis, todas se acercan de un modo u otro a alguno de los prototipos. Misma edad y aspiraciones similares en algunos casos, aunque no tan exageradas, por aquello de la vida real.

Curiosamente, la segunda serie que me tragué anoche trataba de lo mismo pero veinte o treinta años más tarde, no sabría decir. Las chicas de oro en formato español, encabezado por Concha Velasco y seguido por otras tres pedazo de actrices que representaban a las inolvidables e inimitables Rose, Blanche, Sofía y Dorothy, de las Golden Girls de los ochenta.

Curiosamente de nuevo, he descubierto que el productor de Desperate Housewifes y el de Golden Girls es el mismo. Y su serie de Mujeres desesperadas surgió a raíz de estar el hombre viendo un programa en la tele con su propia madre, donde escucharon la noticia de que una mujer, Andrea Yates, había ahogado en la bañera a sus cinco hijos, aparentemente porque no soportaba el peso de la maternidad. Parece que Cherry se mostró horrorizado por la noticia, y comentó en voz alta cómo una mujer tenía que estar de desesperada para algo así. Y lo que le petrificó fue la respuesta de su madre: "sí, yo lo entiendo". Cherry tuvo una infancia muy viajada, su padre trabajaba mucho y para una petrolera, así que se mudaban constantemente de país y estuvieron viviendo en Arabia Saudi, Hong Kong e Irán en diferentes etapas de su niñez. No hay que ser muy listo para adivinar que el padre de Cherry trabajaba muchas horas de todos los días de la semana. Y ahí se le encendió la bombilla al productor y guionista de la serie: qué pasaría si esas mujeres de Sex in the city, que sueñan con encontrar al hombre perfecto, lo hubieran encontrado ya y se mudaran a las afueras de la ciudad, a una casa grande y libre donde poder vivir sus sueños hechos realidad? Qué pasaría si, una vez allí,  descubrieran que seguían desesperadas? O infelices...

Y yo me he preguntado, después de estas series y de otra magnífica que estrenaron hará dos o tres años, de producción española y que se llamaba simplemente Mujeres, qué es lo que hace que productores, guionistas y escritores se  consagren en cuerpo y alma a descifrar nuestro yo femenino en todas sus facetas, virtudes y huecos. Para bien o para mal, nos estudian y nos caricaturizan hasta la saciedad.

Será que resultamos personajes más interesantes que los hombres? O simplemente más rentables? Será que somos mejor público nosotras que ellos, y por eso nos dedican una cuota de pantalla significativa, para que nos entretengamos como al que le echan alpiste? Será la maternidad? O será que nos encanta psicoanalizarnos y que nos psicoanalicen los demás?

No he llegado a ninguna conclusión. Pero conmigo aciertan. Me encanta verme reflejada en la pantalla.

miércoles, 7 de abril de 2010

la vida loca


Una persona muy querida para mí me recuerda constantemente que tengo que ser una abogada experta en casi todo lo que me pregunten, una madre dedicada a su hijo en la medida de todas sus posibilidades y tiempo libre, una esposa abnegada y sacrificada a su marido en beneficio del matrimonio y la familia, un ama de casa siempre atenta a las necesidades del hogar, y por fin una mujer que no se descuide a sí misma.

Con este nivel de exigencia, he llegado a tal cantidad de estrés que ni siete trabajos ni doce hijos me hubieran cargado tanto como esas obligaciones autoimpuestas. Porque antes o después me he dado cuenta de que nadie, ni mi marido ni mi hijo ni mi jefe ni mi cuerpo me han pedido que me convierta en la chica diez. Sino que yo, con la publicidad en la mano y los programas de la tele y los consejos familiares, me he convertido en una autodidacta en pos de esa mujer perfecta que no conseguiré alcanzar jamás. Y eso, pues estresa a cualquiera, o no?

Llama al pediatra, mientras organizas una reunión de trabajo y resuelves los últimos tres problemas que te ha sugerido el jefe de la empresa para la que trabajas. La pediatra no contesta. En eso te llaman del colegio que a tu hijo le subió la fiebre y tienes que ir a por él. Recuerdas que tendrías que anular la sesión de depilación que encargaste para esa misma hora hace casi dos semanas. Habías quedado con una amiga para un café rápido, pero ella comprenderá. El de los radiadores tenía que venir esta misma tarde justo a purgarlos para el invierno, pero ése también tendrá que esperar, además dónde puñetas estaba su teléfono para avisarle? Te miras al espejo, mientras te lavas las manos, y comprendes que una sesión de maquillaje y otra de spinning tampoco te vendrían pero que nada mal. Te gustaría chillar, pero ya mejor lo dejas para más tarde, el colegio vuelve a llamar, que si le dan el apiretal al niño, que está con treintaynueve de fiebre.

Tengo varias amigas que acuden ya con toda normalidad al psicólogo. No desvelaré sus intimidades, pero a grandes rasgos puedo decir que una porque no tiene novio, otra porque su exmarido es un maltratador, la de más allá tiene problemas con su madre y la de más acá no supera que su ex la dejara... todas a terapia. Y ellas, y yo, afortunadamente somos las privilegiadas que nos podemos pagar esa terapia anti estrés, para comprendernos, para autoanalizarnos, para archivarnos y acomodar nuestros pensamientos pecaminosos. El resto de las comunes mortales no tienen ese dinero para gastar en el psicólogo privado, así que llegan a la consulta de la Seguridad Social con una tristeza infinita, o con una ansiedad que no las deja respirar, y le piden al doctor una pastillita para calmar la falta de sueño, la insatisfacción de no ser otra, el anhelo de una vida más holgada. Y el psiquiatra, que no tiene ni tiempo ni medios para proporcionarles una cura a su medida y una oreja por horas, les da efectivamente una de esas pastillitas que se recetan, o deberían recetarse, para las depresiones graves, pero que igual solucionarán un roto que un descosido. Y si no les curan la tristeza, al menos actuarán de placebo para entretenerles la pena.

Y mucho mejor que yo lo ha dicho Laura Rojas Marcos para El País de ayer. Transcribo literal:

Presos de los 'debería'

"Vivimos un ambiente de malestar casi global, al menos en Occidente. Hay gente que vive bajo una presión importante, acentuada en parte por la crisis", afirma Laura Rojas Marcos, autora de El sentimiento de culpa (Aguilar). "Lo positivo es que en el  plano individual somos cada vez más conscientes de ese malestar, sabemos que esos problemas tienen nombre, que pueden ser serios... El riesgo es ahorrarse la mínima perturbación a cambio de un lexatin. En muchos casos esto se produce  porque no nos tomamos el tiempo de ver cuál es el problema. Hay que asumir que tenemos que  pasar por etapas de tristeza, de pérdidas. ¿Por qué anestesiar ese estado? Hay que afrontar los duelos y aprender determinadas técnicas que nos van a ayudar a sobrevivir", asegura la psicóloga. "Es necesario también aprender a conocerse, identificar los días malos, para esquivar nuestra propia irritabilidad y no crear un círculo de estrés en nuestro entorno".

"Hay miedo a sufrir, a no dormir, a una crisis de ansiedad...", reflexiona Eudoxia Gay. "Hay gente que no tolera una noche en blanco, porque las noches son oscuras, y no todo el mundo soporta la soledad. En definitiva hay gente que prefiere yugular sus penas", añade. Aunque también es cierto que ese valium que tapa otras carencias permite a mucha gente ir tirando y no ir a peor.

Laura RM ofrece otra clave: "Conviene aprender a ser flexible con uno mismo. Hay mucha gente presa de los debería: debería haber dicho, conseguido, haberme dado cuenta... Todo eso, las excesivas expectativas y la baja tolerancia a la frustración complican mucho la vida. Es la tendencia a la insatisfacción, al bovarysmo (por Emma Bovary). Pero nuestra vida real no es una novela".

Ahí lo dejo. Pero en la última frase no estoy de acuerdo. No sé porqué nuestra vida real no va a ser una novela. La ficción se nutre sobretodo de la vida misma. Y estamos aquí para escribirla. Y de paso vivirla. Cada día es otro folio en blanco, al menos así la quiero vivir yo, si no es mucho pedir...

jueves, 11 de febrero de 2010

tu rostro mañana



La primera y única vez que volé a un país árabe y rico fue hace cuatro años, y se llamaba Emiratos Arabes Unidos.

Las mujeres que me encontré por las calles de Dubai y de Abu Dhabi iban en su mayoría cubiertas de seda negra, con las manos llenas de joyas y ampliamente maquilladas en las partes del rostro que se dejaban ver. Algunas cubrían también su ojos, pero eran las menos.

Me contó una amiga que reside allí que esas mismas mujeres iban todas fashion por debajo del faldón, con prendas carísimas de Dolce&Gabanna y ropa interior de CK o Dior. Y sin embargo, todo eso sólo era para disfrute de maridos, familia reducida y amigas del mismo sexo. Gasto excesivo para tan poco público, pensé, pero en el país de los petrodólares eso es lo de menos.

Lo que más me impresionó fueron las historias de tres occidentales convertidas al Islam por amor. La primera es Dolores, norteamericana y profesora en la Universidad de Historia para mujeres -las universidades no son mixtas-. Casada con un emirati, se cubre con el hiyab siempre aunque deja su rostro al descubierto. Igual hace Carmen, una catalana casada con otro emirati, la que ni siquiera cuando va sola a su pueblo catalán se desprende de la túnica o hiyab. Eso es convicción y no lo de ZP. Y a la tercera la conozco en primera persona. Es belga, llegó con vaqueros a Dubai, y después de varios meses de noviazgo con un emirati ya estaba vestida al uso, con el cabello cubierto, y había dejado el alcohol. Por respeto a la familia de él, y sobretodo por amor, me dijo. El no me da la mano cuando me ve y baja la vista para no mirarme a los ojos.

Si me es imposible meterme en la piel de una mujer nacida y educada en un país musulmán, no me pasa lo mismo con una occidental reconvertida, por eso me cuesta tanto entenderlas.

Hay muchas cosas sobre las que no tengo una opinión perfectamente definida, y según el momento y los argumentos a los que me enfrento, mi respuesta varía. En este asunto, sin embargo, me cuesta admitir que no tengo una opinión clara al respecto, porque, amigos, todo el mundo parece tenerla!

Periodistas, blogueros, comentaristas de televisión y tertulianos de radio, absolutamente todos saben si hay que dejar a las musulmanas cubrirse con el velo en nuestros países occidentales o si, por el contrario, hay que prohibírselo. Mujeres de este mundo y del otro, por descontado, también tienen su dictamen negativo o positivo que aportar, sin dudas ni fisuras.

Yo me pregunto de dónde sacarán todos tanta convicción para emitir su juicio de 'velo sí' o 'velo no'. Me gusta saber lo que piensan las mujeres musulmanas informadas e intelectuales sobre la cuestión, y en realidad es a las únicas que tengo en cuenta ya, porque son la fuente de información que entiendo más fidedigna y con más autoridad para explicarse y hacerse entender desde mi subjetiva visión occidental.

La última entrevista que he leído a una mujer así ha sido en El País del martes 9, contraportada, a Afrah Ba-Dwailan, juez en la capital de Yemen. Al parecer, la única jueza de Saná está al frente del Tribunal de Menores. Destaco literalmente algunas frases que ella pronuncia:

"Nunca he aceptado un soborno."
"Cada día son más las chicas que estudian e incluso se doctoran, aunque se cubran de negro de la cabeza a los pies. Es una costumbre, no hay nada ni en nuestra Constitución ni en el Corán que les obligue a ello... Yo misma, cuando voy a mi pueblo me cubro por respeto a mi familia."
"El problema no está tanto en la ley como en la sociedad y la familia... el castigo social es más fuerte que la justicia".
"Las mujeres que por el motivo que sea acaban en la cárcel, no quieren salir porque tienen miedo de sus familiares. Ni la familia ni la sociedad las aceptan."
"No deberíamos consentir que una madre tenga que mendigar para dar de comer a sus hijos".
"Los hombres no piensan en la mujer como una igual, sino como un ser débil".
Lo que os decía. No sé qué pensar. Tenemos que dejar que cada una se vista como quiera pasados los 18 años, o tenemos que defender un tipo de sociedad por encima de los valores individiduales de cada uno de sus miembros? Nos fiamos de que su decisión es libre y sincera? Y sino es así, por qué dejamos que otras mujeres se encierren, voluntariamente o siguiendo el dictado divino, en conventos de clausura? Porque esos sí que son nuestros valores?

Qué hacemos con el ¡prohibido prohibir! de los pijiprogres del 68?
De lo único que estoy firmemente convencida es de que serán mujeres como esta juez, como Irene Khan -secretaria general de Amnistía Internacional y primera musulmana en el cargo-, como Shirin Ebadí -jueza iraní y premio nobel de la paz-, y como muchas mujeres anónimas del mundo islámico las que conseguirán arrastrar la religión al lugar que le corresponde en la sociedad y la política, es decir a un rincón privado del alma de cada uno. O eso espero yo.