Una vez tuve un novio que andaba por la vida tan estresado que dormir por la mañana más allá de las siete le parecía criminal, un asesinato de la propia vida. Perder el tiempo, decía, dormir es perder el tiempo. Con los años he aprendido que durmiendo no sólo rejuveneces porque te salen menos arrugas y menos canas, sino que además vives tu otra vida, la de los sueños inconscientes, y descansas un ratito de ésta. Que no es que ésta no nos guste, pero a veces está bien poner el off y entrar en La Otra Dimensión.
Los neoyorquinos, que todo lo comercializan, ahora venden horas de sueño por un precio razonable. Y si no son de sueño, por lo menos que sean de relajación. Por 17 dólares puedes disfrutar de 20 minutos de tranquilidad en una cámara privada en YELO, un salón de Manhattan (The New York Times), y empresas vanguardistas como Google o Cysco alquilan sillas de siesta para sus empleados y tienen cápsulas futuristas con ese fin. Han estudiado que un hombre con sueño es mucho menos productivo que uno descansado.
Así que lo que los latinos inventamos sin darnos ni cuenta y vivimos creyéndonos atrasados e ineficientes por exceso de calor, resulta que ahora los anglosajones lo comercializan como el agua mineral. Embotellan la siesta y la venden por horas sueltas.
Y es que, hasta cuando nos copian sacan más partido que nosotros. Será la educación calvinista o qué? Por mi parte, y dado que en los próximos años sufriré de falta de sueño profundo debido a los pipis, aguas y terrores nocturnos de mis hijos, pido rabiosamente al mundo anglo que inventen la pildorita del sueño. No quiero nada más que tener la sensación de haber descansado doce horas seguidas. Y al igual que me horrorizaba que hubiera una pastilla que eliminara el hambre, y con ello las ganas de comer y las delicias del sabor de un pata negra, también me espanta una vida sin sueños inconscientes, pero qué le voy a hacer...








