my time is now (Nike)

PASA PASA ESTÁS EN TU CASA

COMO EN TU CASA



lunes, 10 de marzo de 2014

Philomena


Philomena es esa mamá que todas y todos hubiéramos querido tener, caso de no conocerla claro. O no? El fantasma de cualquier adoptado, o uno de ellos, es no saber si tu mamá bio se acuerda de ti el día de tu cumpleaños, si le cruje el corazón un ratito ese día, si recuerda su parto o ha preferido olvidarlo -el momento del parto en Philomena es especialmente doloroso-, si alguna vez ha reunido o reunirá el coraje suficiente como para buscarte, como para enfrentarse a sus posibles otros hijos, posible pareja, y contarles la verdad de lo que le sucedió con catorce, quince o diecisiete años. Que  posiblemente metió dentro de un cajón mental que cerró con cuatro llaves. Tampoco ahora es muy diferente. Hablando con una asistente social de un hospital ampurdanés, me decía que la mayoría de chicas que dejan a sus bebés en la clínica hoy en día -y por tanto renuncian a ellos- no quieren llevarse el papel en donde se reconoce su renuncia y los datos del bebé, que lo rompen antes de salir por la puerta porque lo más seguro es que vayan a intentar olvidar esa dolorosísima historia por la que acaban de pasar -a saber porqué-. 

El caso es que Philomena no ha olvidado nada y tú quisieras que tu mamá tampoco. Y ese momento en que a Philomena la separan de su niño, en que ves entrar a unos papás con abrigo de pieles y cochazo que se llevan en su auto a ese pequeño de año y medio, ese momento para un adoptado es desgarrador. Por muy superado, psicoanalizado y dialogado que lo tengas allá afuera, allá adentro es como si levantaras una costra que al despegarse duele muy abajo. Hacía tiempo que no sentía ese desgarro tan hondo, que viene del estómago del alma. 

Y luego esas monjas de pastas y café con leche, qué de verdad suenan. Yo me colé en el convento donde vine al mundo para hacer de voluntaria, sin explicarles quién era ni de dónde salía, y me pareció que todo olía a nuevo y a limpio, que ahí no se cometían tropelías, ni probablemente se habían cometido nunca. Hasta que dije quién era y todo cambió. Misteriosamente, nunca volvieron a llamarme para hacer de voluntaria. Quizá tenían miedo de que  sus archivos me quedaran demasiado cerca. 

Y esa simplicidad y dulzura con la que te dicen 'hijita, no busques más, esas chicas nunca vienen a buscaros. Tienes una familia maravillosa, da gracias a Dios por ello y sigue adelante, y sé feliz'. Y te lo crees, te crees que eres una desgraciadita niña abandonada a la que nunca vinieron a buscar ni por la que nunca vinieron a preguntar. Y no saben ellas  lo que duele eso, que nadie nunca haya venido a preguntar. Y entonces les dices que bueno, que vale, pero que si acaso alguna vez viniera tu mamá bio, que  por favor le den tus datos para que se crucen con los suyos, que si la voluntad es de ambas partes, qué de malo hay en ello? Y desgraciadita tú, piensas que esas maravillosas monjitas harán todo lo posible por juntaros. Pero, más allá en la vida, descubres que esas Philomenas existen, que van a preguntar tanto como vas tú, y que hasta puede que un día se cruzaran contigo en el patio del convento. Y entonces  las llamas brujas, putas y desgraciadas a las dulces monjitas (y que  me perdonen las putas). Por qué no permitir que una madre se encuentre con su hija? En nombre de qué Dios? 

Philomena es eso, la realidad. Y Judi Dench es, simplemente, la mamá biológica que queríamos tener. 

lunes, 3 de marzo de 2014

Ella


Ella es Samantha. Tú eres Joaquin Phoenix. Ella es un sistema operativo. Tú eres un hombre solo, o mejor abandonado a tu suerte, castigado por no saber gestionar tus emociones, por no decir a tiempo lo que había que saber decir a tiempo. Samantha, en cambio, se adelanta a tus propios pensamientos y siempre te va un paso por delante. Analiza tus emails de los últimos diez años en el tiempo record de una  milésima de segundo, y en la milésima siguiente ya sabe cómo diseñar una respuesta perfecta para ti y modular su voz en función de tu estado de ánimo del minuto siguiente. Sam puede hacerte eyacular sin tener que tocarte y la puedes llevar prendida de tu bolsillo, a modo de tercer ojo, al viaje que se te antoje. Pero hay que decir que la voz de Sam no es la de una cualquiera, es la de Scarlett Johansson. Y sus formas la preceden a Scarlett, aunque aquí no disponga de ellas. 

Lo malo de un sistema operativo que piensa por sí mismo, que analiza sus experiencias y aprende de ellas, y por tanto evoluciona, es eso, que evoluciona. Y como no es humano, evoluciona al estilo sistema operativo, no al estilo Joaquin Phoenix hombre solo e incapaz de gestionarse a sí mismo. Y sus capacidades y sus dotaciones no están diseñadas para la exclusiva de un hombre solo sino de ocho o nueve mil hombres solos. 

No es ciencia ficción. Es el día después de comprarte un sistema operativo inteligente que pueda pensar por sí mismo. Lo llevarás  en tu iphone, en tu ipad, y pensarás que quién necesita compañía teniéndole cerca. Y un día miserable caerás en  la cuenta de que no te pertenece, de que vive fuera de ti y sigue pensando cuando tú duermes y hablando con otras, con otros, y que te es infiel, y que es superior a ti. Y ese día, estaremos fuera de juego. Ya estamos aquíiii. 


lunes, 24 de febrero de 2014

Como el gorila


Y si no hay dónde ir. Y si es peor lo de afuera que lo de adentro. Y si resulta que me decido a dejar esto y no encuentro nada mejor. Y si la jungla me devora por dejar mi casita de color marrón y con flores, que siempre son las mismas y huelen igual. Qué? Que eso sólo nos lo planteamos los seres humanos? Lo dices porque no has leído El gran escape, de Santiago Roncagliolo. A modo de cuento largo, o de novela corta, resulta que los animales viven en un mundo del que no saben nada, si es un zoológico o una sabana de verdad, si están en libertad o en cautividad, si los humanos les cuidan o son sus esclavos, si los coches les atacan o les quieren sacar fotos. Si el muro es para protegerles o para encerrarles. Desde El show de Truman que no leía/veía nada similar. La de cosas que te da por pensar. Y si me escapo yo también. Y si me da por salir corriendo de un empleo aburrido y lleno de polvo. Y si cojo a mi familia y nos vamos a vivir la vida loca. O si, por el contrario, todo lo que yo quería va a resultar que era poder bailar claqué en el salón de casa. Como el gorila. 

miércoles, 29 de enero de 2014

Arrugarse


Recién acabas de cumplir 82 años. Y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacia tu cuerpo apretado contra el mio. Por la noche veo la silueta de un hombre que, en una carretera vacía y en un paisaje desierto, camina detrás de un coche fúnebre. Es a ti a quien lleva esa carroza. No quiero asistir a tu incineración; no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Oigo la voz de Kathleen Ferrier que canta Die Welt ist leer, Ich will nicht leben mehr (El mundo está vacío, no quiero vivir más) y me despierto. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos.

Lo escribió André Gorz antes de suicidarse con su mujer, aquejada de alzheimer, y quedó en la hermosa Carta a D. Historia de un amor,  que ha dado la  vuelta al mundo. 

La historia de Emilio en Arrugas es un poquito diferente. Emilio no tiene una esposa que le cuide ya, ni tampoco un  hijo que le quiera aguantar el alzheimer en casa. El máximo coraje de su hijo pasa por dejar a Emilio en una residencia para viejos con piscina. Piscina que sirve únicamente para reclamo de los hijos culpables que dejan a sus padres y se consuelan pensando en que esa residencia no es como las demás; tiene piscina. El hecho de que esté llena de viejos caducos que hablan solos y se duermen frente al televisor durante la mañana y durante la tarde les podría hacer pensar 'para qué sirve la piscina' salvo para aumentar la factura a fin de mes. Pero es  mejor pensar que has dejado a tu padre en un hotel de lujo. 

Y quiénes somos nosotros para juzgar a ese hijo que se nos parece tanto. Lo primero que hizo una periodista que vio la peli al finalizar, fue llamar a sus padres. Porque muchas veces no les tenemos tiempo ni paciencia. Nos enganchan con sus rutinas, con su 'la criada me roba' o 'qué pastilla me toca por la mañana?' y nosotros estamos trabajando, estamos cuidando de nuestros hijos, estamos en una tienda tratando de comprar lencería fina para no perder la magia con nuestro marido o bien estamos tomando café con una amiga para contarle lo nuestro. Y de pronto esa llamada al móvil fuera de lugar, con sus tonterías de siempre, con sus preguntas inacabables sobre lo mismo de anoche. Con ese reproche que huele a soledad. 

Porque lo más serio de Arrugas es la soledad. Y lo más tierno es  la amistad con ese entrañable Miguel el argentino, que les esquilma un poco a todos los viejos de la residencia a cambio de seguirles en sus sueños, cosa que no hace nadie más. A la señora que se cree fumando en el Orient Exprés le hace de revisor, y a la que busca un teléfono para llamar a sus hijos para que vengan a recogerla 'porque yo ya estoy bien' la manda de paseo en paseo para que no se aburra mientras encuentra ese teléfono que no la llevará a ninguna parte. 

La soledad de un viejo puede paliarse con un perro en su casa, mientras pueda cuidarse él y a su perro. Porque los viejos donde quieren estar es en su casa, con sus recuerdos, sus vaivenes y sus fotografías. Mi madre me dijo una vez que el espejo le hacía compañía, porque se veía reflejada 'y parecerá una tontería, pero me siento menos sola viéndome ahí'. Yo también fui ese hijo del que habla Arrugas

viernes, 17 de enero de 2014

efímera juventud de Agosto


Ácida, mordaz, cruel y maldita madre es la que representa Meryl Streep en la pantalla para Agosto, dirigida por John Wells. Junto a Julia Roberts, que es esa hija con la que te mides constantemente porque sabes que tiene tu talla y que es tu traje a medida. Enferma terminal una y abandonada por el marido la otra, se muerden y se ladran en medio de un paisanaje extremo: el primo tonto de la familia, la hermana que parece lesbiana, la hermana sin coeficiente intelectual, la tía gorda que se ensaña con el primo tonto, el padre del hijo tonto dominado por la gorda, la sirvienta sudamericana que levanta la espada sólo por el honor de una niña, el novio cantamañanas y el marido infiel. No sé si me dejo algún personaje de esta comedia dramática de categoría diez elevado al cubo. Obra maestra. Una frase y una escena para no olvidar. Las mujeres, dice Meryl, cuando se hacen viejas ya no son ni guapas ni feas, son viejas. Y no emiten ni feromonas ni cantos de sirenas. Y la escena: Meryl acunada por su sirvienta latina. And the Oscar goes to...  

lunes, 16 de diciembre de 2013

la mujer florero


Sabrá la esposa de Bárcenas que Woody Allen le ha hecho una peli? Si yo fuera ella, nada me haría más ilusión que que un cineasta de esa talla y una actriz tan bella y diosa como Cate Blanchett se  hubieran  fijado en mí, en mi vida, en mi desgracia, en mi yo no sé nada tururu tururu, para un guión de Hollywood... y sin embargo, mucho me temo, mujer de Bárcenas -su nombre importa menos puesto que ejercía de mujer de todo el rato- que no eres la única, que ha habido muchas más y que, incluso cabe la posibilidad de que Woody no sepa ni de tu existencia. Bienvenida al anonimato. 

En cuanto a Blue Jasmine, decir que veo a Cate Blanchett con la estatuilla en la mano, que me eriza la piel su actuación bárbara y que las conversaciones con los macarras me parecen insuperables. En El Consejero me pasaba que no me creía ninguna de sus conversaciones. Bien, con Blue J me pasa justo lo contrario, que todas me parecen de verdad. Y eso es lo primero que le pido a una historia de cine, que me la crea, que por un rato me sumerja en ella y no piense en ninguna otra cosa, ser esa Cate frívola y egoísta para quienes los demás son sólo peones en  el camino que me ponen ruedas o alas, que me sirven y que luego son desechables. He escuchado decir que es muy dura, pero no lo son siempre las historias de verdad? 

lunes, 9 de diciembre de 2013

Flower power o la magia de la Navidad


Viendo tele. Miércoles noche. Marido de cena de trabajo. Hijos en el catre ya. Sola ante el televisor y con una copa de vino y una mizquita de chocolate. Flower power, el poder de las flores, Helen Mirren, qué es eso, me pregunto? Y resultó mi peli del mes, ni cine ni nada, ésta fue la que más me gustó por delante de El consejero -que es pretenciosa y lo único que la salva es el bellezón de Michael Fassbender- y sin que  todavía pueda opinar sobre Blue Jasmine porque la tengo pendiente. 

Cuando tenía quince años y leía a Martín Vigil, un clásico de mi adolescencia, pensaba que la delincuencia juvenil era redimible, pensaba que todos esos niños de mi misma edad que sacaban la navaja merecían la misma oportunidad que yo había tenido, la de estudiar, la de que les quisieran de verdad, la de que creyeran en ellos, y lo mismo pensaba Martín Vigil por lo que se carteaba conmigo sobre sus Niños bandidos y otras novelas similares. Quizá no era alta literatura, pero sí era literatura social, y yo iba por ahí tratando de llegar a acuerdos con las gitanillas que me robaban la cartera porque sabía que en el fondo de su corazón no me habían querido hacer ningún daño. Y le daba vueltas a un libro sobre todas esas cosas que nunca pasó de la página quince. 

Lo más grave del asunto es que sigo creyendo en todas esas ideas. Sigo pensando que la pena de cárcel no puede ser sólo un castigo sino que necesita conservar su misión de reinserción del delincuente en la sociedad. Que no lo digo yo, que lo dice la Constitución. Que si hay uno solo que se reintegre, habrá valido la pena el esfuerzo. Y Flower Power es eso justamente, una cárcel sin rejas en donde los presos aprenden jardinería y hay un director de prisiones que no lleva uniforme ni una porra en la mano. Es un poco boba, inverosímil y absolutamente ingenua. Comedia británica. Pero te hace soñar que un mundo mejor es posible, y yo me fui a la cama más contenta que unas pascuas. 

Y con esto doy comienzo a los festejos navideños, las luces, las estrellitas, los regalos de buena voluntad, los Papás Noeles en los balcones y todas las pijadas imaginables que vuelven con el turrón y las buenas intenciones. Hay quienes la odian, pero yo no. Viva la frivolidad de la Navidad, con sus tiendas abiertas veinticuatro horas y sus niños cantando villancicos en las calles de Wisconsin -a quince bajo cero- y repartiendo amor y felicidad.