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lunes, 16 de julio de 2012

Sentirse mal



Mi primera amiga monja se llamaba Isabel y era mi tutora en mi colegio bien. Llevaba velo y uniforme de  monja, pero los miércoles por la tarde para la tutoría nos traía croissants y zumitos. Reía mucho y era una vasca potente, fuerte, aunque con las cuerdas vocales rotas de vez en cuando. Sería de tanto esforzarse. El colegio bien se le quedó pequeño y pensó en abrir una casa de las monjas en un barrio obrero y muy deprimido de la ciudad, en Fuente San Luis. Yo fui a verla en varias ocasiones porque por entonces quería escribir un libro sobre chicos "marginales" como los que salían en los libros de Martín Vigil que yo devoraba.   Quería cambiar el mundo y pensaba que eso se podía hacer desde mis quince años, y la madre Isabel también lo creía conmigo, a sus treinta y tantos. Así que yo la visitaba y hacía entrevistas a sus chicos de barrio 'marginal' que ni siquiera entendía cuando me hablaban a mí. Sus palabrejas de jerga me eran ajenas. La madre Isabel se movía como pez en el agua en ese barrio de la Fuente de San Luis y la gente la paraba para saludarla. Y para pedirle cosas también. Sabía quién estaba en el paro, quien bebía de más, quien le daba un tortazo a su mujer de vez en cuando, quién se desocupaba de los niños, y tenía una palabra de apoyo para todos sin excepción. 

A mí me parecía que eso era ser monja. Que eso era ayudar al próximo y quererle como a ti mismo, como decían los diez mandamientos que me tenía que aprender de memoria en la clase de religión. Y que las misiones en países lejanos no tenían nada que envidiarle a la madre Isabel y su piso de monjas de barrio 'marginal'. Pero llegó un día en que la directora de mi colegio bien, y jefa de la madre Isabel, consideró que ella había cogido demasiado 'vuelo' en aquel piso de barrio y la hizo volver a filas. Volver a vivir en el convento del colegio y volver a cuidar solamente de sus niñas bien. La independencia en las monjas no  parece una virtud a desarrollar. Al barrio obrero mandaron a otra monja que otra vez se tuvo que ganar la confianza de los vecinos. Pero ni tenía la  gracia ni el salero de Isabel, así que no sé si me equivoco al decir que después de varios años el 'proyecto' acabó  fracasando. Porque la confianza estaba en las personas, y no en las instituciones. 

Y me acordé de todas estas  historias de mi adolescencia viendo Elefante blanco el pasado viernes. Con Darín a la cabeza, que es un monstruo de la interpretación, él de sacerdote lidera un proyecto 'de futuro' en un barrio argentino llamado 'Villa' que ríete tú de las monjas de mi colegio. Aquí hay balas, narcos y mucha miseria, pero lo mismo,  todos conocen al padre Julián y le dejan traspasar cualquier frontera, como si fuera la Cruz Roja o más aún que la Cruz Roja. Porque el  padre Julián es una persona en quien confían todos, los de un bando y del otro. Pero no es fácil quedarse a mirar mientras los narcos se matan entre ellos, ni siquiera todos los curas saben mantenerse al margen de esas cuitas. Y también hay curas que quieren casarse, y sobretodo hay obispos que no toman partido por los pobres ni entienden de revueltas justas o injustas. 

Al margen de las cuestiones  de fondo, que son abundantes y darían para varias tesinas, la película de Pablo Trapero tiene tal dosis de realidad y de fuerza que te arrastra hasta lo más profundo de Villa Miseria y te ves  tú mismo cargando al muerto que se desangra en una carretilla. Y lloras, porque ni eres el muerto ni sabes qué hacer ante tanta violencia, ante tanta miseria, ante tanto cinismo, ante tanto y tan ancho mundo. Y sales y sigues llorando por dentro. Sentirse mal. 

4 comentarios:

Anouk dijo...

Yo tambien fuí a un colegio de monjas de niñas bien, como tu llamas y nunca me gustó lo clasistas que eran, como aprobaban a las hijas de aquellos señores con apellidos pomposos y reverenciaban a aquellas cuyos padres daban donativos al colegio.No eran todas, claro está. Tambien teníamos a nuestra particular madre Isabel.Y ya desde muy pequeña me dí cuenta de que esa iglesia que yo conocí, esas personas que ante mis ojos de niña representaban esta institución, nada tiene que ver con los misioneros,con los curas o monjas de barrios marginales o con los que se reflejan, a juzgar por tu post tan magnificamente, en la película "Elefante Blanco".Afortunadamente para la Iglesia,

Manuela dijo...

ANOUK: sí, es desgarradora, pero te devuelve la fe en las personas... beso!

Anónimo dijo...

Yo conocí a una chica de esa misma edad que siempre defendía a los débiles y que estaba convencida de podía cambiar cambiar el mundo, o al menos mejorarlo. Perdimos el contacto pero por lo que sé de ella sigue siendo una luchadora nata, de esas que no se amilanan ante molinos de viento.

MOHRENWITZ

Manuela dijo...

MOHRENWITZ: no la pierdas de vista! es un consejo!