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miércoles, 10 de julio de 2013

Este Papa sí


No soy ni mucho ni poco de católica. Lo justo.  Pero sí creo -o quiero creer- que el paso por esta vida tiene una continuación después. Me reconforta pensar que, en algún remoto lugar o dimensión, están las partículas de los seres que he querido y que siempre querré. Me he hecho a la idea de que mi madre nos acuna desde su 'estrella', a donde la depositó mi hijo de dos años cuando ella falleció. Y más aún, Jesús ha sido mi compañero de fatigas desde que tengo uso de razón. Y nunca le he sustituido. 

Así las cosas, y aunque en mis colegios primero y segundo insistieran en que la Iglesia somos todos, durante muchos, muchísimos años, casi todos, me he sentido lejana y más lejana de la curia, de las instituciones eclesiásticas de máximo rango, de los prelados más adornados de sotanas de colores, y alguna que otra vez he encontrado refugio en monjas y curas de andar por casa, de a pie, pero porque actuaban como si  fueran psiquiatras o asistentes sociales y no trataban de convencerme de nada, y menos aún de prohibirme cualquier cosa. 

Y tengo que decir que éste es el primer Papa por el que siento complicidad. El papa Francisco tiene esa impronta que yo siempre pensé que mi amigo Jesús había tenido que dejar por algún lado entre sus sucesores. Y hasta ahora no lo había encontrado en ninguno anterior. 

Francisco se ha plantado en Lampedusa y nos ha hecho responsables a todos por nuestra indiferencia, empezando por él mismo y acabando por mí. Que cada día leo noticias y veo imágenes que deberían espeluznarme y cortarme el apetito, pero el show debe continuar y yo paso de página o cambio de canal mientras comento cómo me ha ido en la  oficina o le chillo a mi hijo -perdón- para que se  termine la cena de una vez. Y, como dice Francisco, me aparto de  la  acera para no pisar a un mendigo y me cierro los pestillos de mi coche para que no me atraquen los limpiadores de parabrisas. Al igual que la Merkel y su colega Rajoy cierran las compuertas  para  que no entre agua sucia en nuestra isla de bienestar. Si acaso, la abren por dentro, por si salen unos cuantos. Que trabajo hay cada vez menos. Y si alguno se cae por el camino, que sea de vuelta a su casa. 

Termino con unas frases del magnífico artículo de Pablo Ordaz, en boca del Papa: 

“¿Quién de nosotros ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas, de todos aquellos que viajaban sobre las barcas, por las jóvenes madres que llevaban a sus hijos, por estos hombres que buscaban cualquier cosa para mantener a sus familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llanto... La ilusión por lo insignificante, por lo provisional, nos lleva hacia la indiferencia hacia los otros, nos lleva a la globalización de la indiferencia... 

¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos? Ninguno. Todos respondemos: yo no he sido, yo no tengo nada que ver, serán otros, pero yo no. Hoy nadie se siente responsable, hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna, hemos caído en el comportamiento hipócrita [..]. Miramos al hermano medio muerto al borde de la acera y tal vez pensamos: pobrecito, y continuamos nuestro camino, no es asunto nuestro, y así nos sentimos tranquilos. La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar solo en nosotros mismos, nos convierte en insensibles al grito de los demás, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bonitas, pero son inútiles, no son nada...

Te pedimos ayuda para llorar por nuestra indiferencia, por la crueldad que hay en el mundo, en nosotros y en todos aquellos que desde el anonimato toman decisiones socioeconómicas que abren la vía a dramas como estos. Te pedimos perdón por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a estos dramas”.