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lunes, 9 de diciembre de 2013

Flower power o la magia de la Navidad


Viendo tele. Miércoles noche. Marido de cena de trabajo. Hijos en el catre ya. Sola ante el televisor y con una copa de vino y una mizquita de chocolate. Flower power, el poder de las flores, Helen Mirren, qué es eso, me pregunto? Y resultó mi peli del mes, ni cine ni nada, ésta fue la que más me gustó por delante de El consejero -que es pretenciosa y lo único que la salva es el bellezón de Michael Fassbender- y sin que  todavía pueda opinar sobre Blue Jasmine porque la tengo pendiente. 

Cuando tenía quince años y leía a Martín Vigil, un clásico de mi adolescencia, pensaba que la delincuencia juvenil era redimible, pensaba que todos esos niños de mi misma edad que sacaban la navaja merecían la misma oportunidad que yo había tenido, la de estudiar, la de que les quisieran de verdad, la de que creyeran en ellos, y lo mismo pensaba Martín Vigil por lo que se carteaba conmigo sobre sus Niños bandidos y otras novelas similares. Quizá no era alta literatura, pero sí era literatura social, y yo iba por ahí tratando de llegar a acuerdos con las gitanillas que me robaban la cartera porque sabía que en el fondo de su corazón no me habían querido hacer ningún daño. Y le daba vueltas a un libro sobre todas esas cosas que nunca pasó de la página quince. 

Lo más grave del asunto es que sigo creyendo en todas esas ideas. Sigo pensando que la pena de cárcel no puede ser sólo un castigo sino que necesita conservar su misión de reinserción del delincuente en la sociedad. Que no lo digo yo, que lo dice la Constitución. Que si hay uno solo que se reintegre, habrá valido la pena el esfuerzo. Y Flower Power es eso justamente, una cárcel sin rejas en donde los presos aprenden jardinería y hay un director de prisiones que no lleva uniforme ni una porra en la mano. Es un poco boba, inverosímil y absolutamente ingenua. Comedia británica. Pero te hace soñar que un mundo mejor es posible, y yo me fui a la cama más contenta que unas pascuas. 

Y con esto doy comienzo a los festejos navideños, las luces, las estrellitas, los regalos de buena voluntad, los Papás Noeles en los balcones y todas las pijadas imaginables que vuelven con el turrón y las buenas intenciones. Hay quienes la odian, pero yo no. Viva la frivolidad de la Navidad, con sus tiendas abiertas veinticuatro horas y sus niños cantando villancicos en las calles de Wisconsin -a quince bajo cero- y repartiendo amor y felicidad.