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jueves, 10 de abril de 2014

Ida


Entre tanto ruido ciudadano, la semana pasada me recluí en el cine como el que se retira a un convento de clausura situado en medio de la ciudad. Y nunca mejor dicho, porque la polaca Ida va exactamente de eso, de una chiquilla que ha nacido en un convento, que no ha visto otra cosa que monjas en su corta vida y que, antes de tomar sus votos definitivos que la lleven a rezar por Cristo Dios durante el resto de su vida, y bajar la cabeza al ir por los pasillos no vaya a ser que se distraiga con las cosas de este mundo, se va a visitar a una vieja tía suya, único familiar en el mundo que le queda. 

La  tía en cuestión es roja perdida, no cree en nada ni en nadie más que en una botella de alcohol de máxima gradación, y fue juez contra los nazis en los cincuentas. Se acuesta con cualquiera que se lo pida, y si es con una copa en una mano y un cigarrillo en la otra, mejor aún. Olvidar es lo que quiere, pero no sabemos muy bien por qué ni para qué. 

En cuanto a Ida, es una bella niña que no se quita el velo casi ni para dormir y que vive en silencio su gusto y disgusto por las cosas mundanas, lo que incluye a un músico de jazz guapo hasta en blanco y negro. 

Y entre la jueza roja y la monja de clausura, nos conducen por un camino de muertos y muertes.  Agradable, eh? Todo en un riguroso blanco y negro y en versión original, o sea en polaco. Y qué será que a pesar de todos esos inconvenientes, la  peli es una verdadera y auténtica joyita, tal y como la clasificó Boyero en su columna y que fue lo que me llevó derecha al cine. 

Sólo diré una frase que les gusta mucho a las elegidas por Dios, una suerte de casta superior insuperable y sólo apta para aquéllas a quienes Dios ha tocado con su dedo. Y después, qué viene después? Lo normal, la vida nada más. Y ellas se van con Dios, no con la vida nomás. Hay que ver la peli para entender lo que estoy diciendo.