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miércoles, 3 de diciembre de 2008

Ignasi

Conocí a Ignacio Guardans allá por el año, déjame recordar, creo que fue por el año noventayseis. En Salzburgo. Estábamos allí los dos por un seminario en derechos de la tecnología, si no recuerdo mal. Y teníamos asignada una charla cada uno, de veinte minutos y en diferentes momentos, frente a otros setenta u ochenta abogados que habían pagado lo mismo que nosotros por asistir a aquel curso, o nuestros despachos.

Por aquel entonces trabajábamos para el mismo bufete de nombre pomposo y rimbombante, que no repetiré porque es un dato completamente accesorio. La diferencia era que yo trabajaba para la oficina de Bruselas y él para la de Barcelona. Ahora parecería que hemos cambiado los papeles, él reside en Bruselas y en Bcn resido yo.

Yo era un poquito más joven que él, no demasiado, pero desde luego más inexperta en discursos públicos. De hecho, estaba absolutamente desbordada por la circunstancia de tener que hablar ante setenta abogados, para mí multitud, y en inglés. Siempre que me estreno en algo, lo hago a lo grande.

Mi jefe, a los efectos Oliver -mi primer blog ya hablaba de él- me había designado candidata indiscutible para asistir a ese seminario en su nombre, como hacía siempre que se quería sacar algún marrón de encima. Pero era un trato justo. Por esos años la abogacía española tenía prohibida la publicidad directa, así que la única salida era promover y figurar en cuantos más cursos mejor, y Oliver despachaba conferencias como churros. Bien, a aquél no le apetecía asistir, o le coincidía con otro en otra parte del mundo, o con una cita con un cliente, o con un partido de tenis, quién sabe. El caso es que tenía que ir yo.

Y yo no había ido nunca a un evento así teniendo que abrir la boca más allá del cocktail posterior. Así que allí estaba, en un hotel cinco estrellas, si no era de cuatro, en una habitación en la que hubiéramos cabido cinco, con un traje de chaqueta de mujer madura que me venía grande, y con las piernas temblorosas.

En ésas se me acercó Ignasi, por entonces Ignacio a mis efectos, y me saludó. O le saludé yo a él, quién puede acordarse ahora de los detalles. Me dio dos besos efusivos, charlamos dos segundos y fue directo al grano. Me preguntó si ya había repartido tarjetas de visita, o business cards, a éste y aquél abogados, si había conocido a alguien de Freshfields -por decir algo-, si sabía si había venido el jefe de Clifford Chance, por nombrar otro pez gordo... yo le miré acongojada, pero me repuse rápido para contestarle que todavía no había tenido ocasión de lanzar mis tarjetas al aire y estrechar manos.

Ignacio, pensé, a mí qué carajo me importan todos esos contactos que tenemos que hacer! Con un Oliver en mi vida ya tengo suficiente! Y es que Oliver no quería saber nada de las charlas a las que te mandaba asistir en Bruselas, tan sólo le interesaba el dato del número de business cards que habías conseguido traerte a casa. A mí lo que me importa, seguí pensando, es que tengo que hablar delante de toda esta gente de contratos tecnológicos, de licencias de know-how, y que me voy a poner a tartamudear y no se me va a entender nada mi inglés de barrio!

Pero claro, no fue eso lo que le dije. Mi trato con él discurrió de lo más profesional, no admití que era mi primera charla en público y después de dar mi miniconferencia incluso me felicitó el mismo Ignacio.

Lo demás fueron visitas culturales en la ciudad con él y su mujer, pero poca cosa más.

Nos reencontramos años más tarde cuando yo volví a Barcelona. De nuevo nuestros destinos diferían, porque él estaba en Madrid de diputado, y ya trabajábamos para bufetes distintos, pero ahí fue cuando más pudimos congeniar. Recuerdo que yo estaba recién llegada en la ciudad condal, y todavía le llamaba Ignacio a él y Calvo Sotelo a la plaza de Francesc Maciá, por lo cual me caían broncas por su parte.

Le perdí la pista poco después, y le reencontré ya de candidato a eurodiputado por Convergència. Y ahora casi sufre un atentado en Bombay.

Ayer comentaban en un programa de radio que quizá lo de Bombay le sirva para salir reelegido por su partido como eurodiputado.

Yo sólo espero que siga en política y progresando, mal que me pese que sea en Convergència porque no soy en absoluto nacionalista catalana, ni de otro signo, pero su cabeza es una de las mejor amuebladas en política que escucho a diario, y hay pocas que me valgan la pena. Así que le deseo suerte aunque no la necesita.