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miércoles, 14 de enero de 2009

Le pain quotidien

No es la primera vez que hablo de pan en este blog. Y es que es un ingrediente muy socorrido. Que el niño no quiere comer, le das un pan. Que te fastidia una entretenida comida con amigos, le das una punta de pan. Que no sabes cómo entretener tus horas, te haces un bocadillito de jamón con tomate. Y así sucesivamente.

Pero ahora no se trata tan sólo de pan, sino de toda una filosofía. Siempre me ha gustado desayunar bien. Entre semana eso se hace casi imposible, por lo que arramblo con varias cosas de mi cocina y acaban en mi mesa de trabajo en la oficina. Por lo menos un yogur y unas galletas integrales, precedidos por un zumo de naranja, tienen que estar en mi estómago antes de las diez de la mañana para ir bien. Bien en todos los sentidos.

Los fines de semana ya son otra cosa. Puedes entretener el estómago con el sueño y alargar su espera hasta más allá de las diez o las once. Y entonces preparar un desayuno continental o americano, según los gustos. Eso si no tienes hijos de menos de un año, en cuyo caso tus posibilidades de esperar más allá de las ocho de la mañana, siquiera de tener un desayuno decente, disminuyen hasta cero.

Pero yo hablaba de otros buenos tiempos. Aquellos días en que me levantaba el sábado sobre las doce del mediodía, después de una noche salidora y embriagadora. A esa hora mi amiga Sandra ya se había despertado y nuestra tercera compañera de piso todavía dormía a pierna suelta. Sin ducharnos y con apenas unos pollos pasados de moda en la nevera, nos poníamos unos vaqueros y un abrigo y nos íbamos a desayunar al Pain Quotidien de la Rue de Tongres, en Bruselas. Nos pillaba a cinco minutos de casa.

Cuando íbamos por el segundo café con leche y segundo cruasán, llegaba Rebeca, la tercera amiga del piso que compartíamos, y comenzaba el cotilleo de la noche anterior. Cada una había hecho sus pinitos, y en la mesa colectiva del Pain Quotidien, llena de belgas, italianos y alemanes, comentábamos sin el menor pudor y en español castizo nuestras últimas incidencias. Siempre entraba algún guapo pero interesante que se sentaba a la mesa y trataba de ligar con Sandra. Las mesas colectivas dan mucho de sí, y lo de compartir la mermelada y el praliné tiene su aquél. Pero nosotras no estábamos allí para ligar, sino para comentar las jugadas de la noche anterior y la semana de trabajo que felizmente ya había terminado.

Y ahora la buena noticia. Ese mismo Pain Quotidien que tanta nostalgia me provoca, abre ahora sus puertas en la calle Fuencarral 95 de Madrid. Corre a verlo si vives cerca o pasas por allí. Si conserva el aroma cálido de sus orígenes y no se ha sofisticado excesivamente, es el mejor sitio para pasar un sábado por la mañana antes de las compras. Es un Buenas Migas (Jardinets de Gracia en BCN) pero compartiendo mesa rústica y otros ingredientes con tus vecinos desconocidos. Ideal para ir solo con tu periódico y sentirte acompañado pero a tu aire. ¡Ay, qué tiempos!

2 comentarios:

DS dijo...

Darling, Laura et moi nos hemos hecho adictos al LPQ de Madrid, que está a cinco minutos de casa. Es más, ya me has antojado. Me iré a merender ahí a la tarde.

ANOUK dijo...

que nostalgia!!!! cuando la vida era feliz, sin preocupaciones , sin crisis , sin hipotecas , sin recibos...sólo vivir y vivir, salir , ligar, contarlo.....
Anouk