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lunes, 9 de marzo de 2009

María llena eres de gracia

Qué es lo que hace que unas personas miren hacia arriba y otras hacia abajo? Unas al frente y otras atrás? Unas están dispuestas antes a morir que a vivir arrodilladas, y otras nunca se ponen de pie? Y en casi todos los casos, miramos por los efectos que nuestros actos tienen en nosotros, no en los demás. Es eso perseguible?

En la película de Joshua Marston, por cierto su ópera prima, Maria full of Grace, Catalina Sandino interpreta a una mula que transporta 62 pepas en su cuerpo llenas de cocaína, de camino a USA. Eso, y un feto de tres meses. Feto que la salva, por cierto, de las placas radiológicas que le quieren hacer los policías estadounidenses al verla llegar en uno de los llamados vuelos calientes.

Las pepas son de caucho, se recubren de varias capas de látex y se atan con hilo dental, con la droga comprimida manualmente dentro. Todo muy casero. En la película puedes ver cómo se preparan para tragarlas, una a una, sin vomitar, sin poder defecar mientras las transportan, sin beber apenas agua para evitar los paseos al lavabo del avión. Pobre de la mula que llegue con menos pepas en el cuerpo de las que ingirió, porque nadie pensará que las ha expulsado por el ano simplemente, sino más bien que las ha revendido a mejor postor.

El fin de semana pasado llegó al Prat, Barcelona, otro mulero procedente de Sofía, Bulgaria. Al igual que María en la película, transportaba las pepas en su estómago, pero no tuvo tanta suerte como María, porque al no estar embarazado como ella, no le valió ninguna excusa para evitar las pruebas radiológicas. Resultado: 67 pepas o cilindros en su organismo, equivalente a 1.286 gramos de cocaína.

En el año 2000 yo asistí de intérprete a un pequeño traficante de cocaína también. Venía de Bogotá, pasando por Miami y con destino final Bruselas. Pero era español, y no hablaba ni papa de francés ni por supuesto de flamenco. Así que la Embajada llamó a nuestro despacho para que fuéramos a asistirle. Con la Embajada es mejor no resistirte, aunque no paguen bien, porque son un buen contacto siempre, decía mi jefe Oliver, así que Manuela, vete buscando un abogado belga y os vais los dos para la cárcel a entrevistar a ese desgraciado.

Allá que me fui, con el abogado belga. Cuando llegamos, el chaval nos estaba esperando en una sala vieja y tipo salchicha, de modo que había una mesa alargada y coloqué al detenido a un extremo, a nuestro abogado en el otro, y yo en medio. El policía se salió de la sala y allí que nos quedamos los tres. El abogado tenía unos sesenta y pico de años, el único que encontré para estos menesteres, y el chaval era gallego y tendría si llegaba veinte años. Primero pensé que no sabía idiomas, luego me di cuenta de que además casi no sabía hablar. Entre los nervios y su poca práctica linguística, fue una entrevista difícil.

Nos contó que llevaba la coca escondida en una cámara de vídeo y en una cámara de fotos. Al volver de Bogotá pasó por Miami, donde, al parecer, los perros descubrieron la droga, pero como su destino final era Bruselas, donde no hay perros, pues avisaron al aeropuerto de destino y ahí le capturaron sin más. Es que pasar por Miami con drogas, mala cosa...

Nos dijo que era su primer viaje, que le habían prometido un millón de las antiguas pesetas, y que no tenía antecedentes, y que su familia estaba desesperada con la noticia. Yo ahí lo dejé, porque a partir de ese día le buscaron un intérprete profesional y continuó directamente con el penalista belga, pero supe que le podían caer entre siete y nueve años.

Voy a seguir mezclando ficción y realidad. En The Reader, con la oscarizada y glamurosa Kate, una antigua carcelera de Austwitch elegía cada semana diez prisioneras que serían enviadas a la muerte. La carcelera no tenía especiales ideas racistas en su cabeza. Simplemente, tenía que comer y no podía aceptar ningún trabajo intelectual, porque no podía admitir que no sabía leer. De hecho, por no admitir su analfabetismo acaba encarcelada como la autora de un informe que ella nunca pudo escribir.

En mi caso, me dedico a prestar mis servicios a una empresa del metal. Algunos componentes se fabrican en Asia, en países como Vietnam, en donde se hace trabajar a la gente por menos de un dólar al día. Desconozco si las empresas que nosotros subcontratamos ofrecen sueldos dignos o indignos, o si subcontratan a su vez a otras empresas en que trabajen, por ejemplo, niños. Pero cualquiera de esas personas podrían ser María llena eres de gracia, una trabajadora de una fábrica de rosas cuya misión es quitarles las espinas.

El hecho de no saber, en la facultad de derecho, te enseñan que no te exime del cumplimiento de la ley. Pero claro, no hay leyes internacionales para esto. Y si las hay, las cadenas son tan largas que ningún juez las persigue. A menos que se ponga Garzón...

No creo que yo sea culpable de que María se llene la panza de pepas para subirse a un avión que le promete una vida mejor. Como tampoco creo que los alemanes fueran culpables de que Hanna Schmitz enviara cada semana a diez mujeres a la cámara de gas. Pero las dos me provocan similar compasión, o mejor comprensión. Y es que es más fácil solidarizarse con los personajes que con las personas, a veces.

6 comentarios:

MOHRENWITZ dijo...

Querida Manuela, te comunico que no hace mucho despidieron a una chica por criticar su trabajo en una red social. No sé si la pobre figuraba con seudónimo o no, pero el caso es que la rastrearon y detectaron la crítica.

...be careful, my friend.

Anónimo dijo...

La verdad es que resulta dificil sacudirse la sensación de impotencia cuando ves cuantas injusticias nos rodean tanto cerca como lejos sin que puedas hacer nada a nivel individual. Pero por eso mismo es importante, al menos, tener la conciencia, el conocimiento y la empatía suficiente para criticarlas, comentarlas o denunciarlas, sea en privado o en público, aunque a veces si, sea arriesgado. O poco prudente, como apunta Mohrenwitz.
Cris

Anónimo dijo...
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turistaentupelo.com dijo...

La película es sobrecogedora, tanto como cada uno de los casos reales que, desgraciadamente, se dan a diario.

Anónimo dijo...

Manuela: vivo en un país que exporta cocaína. Ahora no importa cuál es. Pero en nuestros países no solo ocurren casos como los de María, que son miles y todos espeluznantes. También sufrimos de la corrupción de las instituciones (policía, ejército, ministerio público), de la economía atravesada por las cifras del narcotráfico, de la actividad de los cárteles, mezclados con la actividad terrorista. Cada uno de estos fenómenos genera mucha violencia y deja muchos más muertos que los que consumen cocaína.
No quiero proponer aquí lo que sería la obvia solución, porque no quiero que te cierren el blog que tanto me gusta. Pero alguien ya empezó a decir que si se legaliza la marihuana (solo la marihuana) EEUU percibiría muchos más ingresos por impuestos y eso permitiría paliar en algo la crisis.
¿Será que esta tremenda crisis financiera será la que conduzca a la solución de la otra?

Anónimo dijo...

pues aunque me cierren el blog, yo estoy por la legalización del consumo de drogas blandas de todas maneras, para evitar todo eso que cuentas, o sino para evitarlo para paliarlo

Manu