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miércoles, 1 de abril de 2009

La subinspectora

Esta mañana me esperaban en el Fisco. No es nada personal. Es que el Fisco a veces te requiere para que colabores en delatar a otros infractores. No te pagan ni nada de eso: lo llaman deber ciudadano.

En mi caso, se trata de un ex-proveedor de la empresa para la que trabajo. El tío es un pirata, por lo que yo sé. Y el Fisco coincide en mi apreciación. No sé en qué marrón se ha metido, pero nos han requerido un montón de documentación referida a él. Documentación que hemos tenido que buscar, recopilar, fotocopiar, y llevar al Fisco. El poder de la Administración.

No tengo claro quiénes son los malos en este caso. Una abogada siempre tiene que tener claro a quién defiende. Los otros siempre son los malos. Pero aquí no defiendo a nadie. Sólo llevo información y cumplo con mi deber de empresa cooperante.

Como me he enterado que nuestro ex-proveedor ha dejado tirados a sus trabajadores, decido que el malo es él. Y así, de paso, relajo a la Subinspectora, que controla desde el primer momento que estoy de su parte.

-Pues no sé, pero nos ha llegado la información de que ha montado otra empresa con otro socio. Lo sé porque nos ofreció sus servicios desde la nueva empresa. Pero los rechazamos. Sonaba a tufo- le digo, con la sonrisa de quien comparte información privilegiada. Ahora soy colega de la Subinspectora.

La Sub tiene como diez años menos que yo, por lo menos, unas oposiciones para toda la vida, y una altura que no supera la media española femenina de los setenta. Arruga la frente cuando busca datos en su ordenador, y se recoloca las gafas de pasta.

-¿Y no sabrías decirme cómo se llama esa nueva empresa que ha montado? Esta información que me das es de vital importancia, como te imaginas- me dice.

Alerta. Me puedo meter en líos por darle más información de la necesaria? Para qué le he contado lo de la nueva empresa? Ah, sí, que el tío era un pirata. Recuerdo que me han dicho que no pagó a sus empleados y cerró el chiringuito a la brava.

-Pues no tengo ese dato -le respondo intrigante- pero le puedo decir en qué pueblo están, no puede ser muy difícil encontrarles. Y de todos modos, si localizo el nombre la llamo enseguida.

Sonríe ufana. Por fin alguien que le abre las puertas de su casa. Mientras, le pone todo tipo de pegas a la documentación que le he aportado. Falta un sello aquí y una firma allá. No me puede entregar simplemente una copia de todo lo que le aporto, tiene primero que comprobar los papeles uno por uno, y poner un sello por página. Podemos estar toda la mañana, pienso yo, pero me callo.

-¡María! ¿Puedes venir? Hazme una fotocopia de su carnet, y sella todas estas copias, página a página. Mientras yo voy redactando la diligencia -le dice.

-Pero... ¿todas las páginas quieres sellar?- le dice la otra joven subinspectora. Yo pensé que sería una secretaria, pero aquí no hay de eso. Es sólo su colega del despacho de enfrente.

-Todas -le responde mi Subinspectora. -Si termino la diligencia, te ayudo.

Pero claro, dada su minuciosidad, termina de redactar la diligencia una hora más tarde. Pensé que habría escrito un manifiesto. Son sólo dos páginas y media que tenemos que firmar con cuatro datos. Los repasa otra vez. Yo los veo bien. Son las dos y media de la tarde y me quiero ir a comer. Ella todavía encuentra un pequeño fallo. Vuelta a imprimir.

Finalmente firmamos la dichosa diligencia. Quedo en que le sellaré los papeles y volveré con ellos de nuevo. Ah, no, que se los queda. Está bien, le haremos otra fotocopia gratis. Otros cien folios de nuevo, esta vez firmados y sellados. Total...

Salgo contenta. Comparado con el cubículo de la Subinspectora, cerrado entre cuatro paredes, sin luz natural y cuyo máximo colorido es un paraguas en el suelo de tonos chillones, mi oficina, con ese cacho de luz natural que le asoma por la izquierda según entras, me parece ahora el despacho de la presidenta de la Coca-Cola. Al menos es mi cutredespacho sin igual.

Y todavía más. He colaborado para que la emprendan contra un chorizo de tantos. O eso me ha parecido a mí.